Que la política energética de Europa es un desastre no es nuevo para nadie, pero lo preocupante es que se persevere en ello. Esto se está poniendo de manifiesto en la cumbre del clima, donde la Unión Europea -al contrario que otros países- sigue cavándose su propia fosa energética.
Según datos del World Resources Institute, el país más contaminante del mundo es China, con más de una cuarta parte de las emisiones mundiales: concretamente, el 26,1% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero; y tiene como estrategia a largo plazo alcanzar antes de 2060 la neutralidad en carbono. El presidente chino ya lo dejó claro en su discurso inaugural de la Agenda de Davos, organizada por el Foro Económico Mundial el pasado mes de enero, afirmando que, a pesar del compromiso de su país contra el cambio climático, China “tampoco debe sacrificar su crecimiento para proteger el medio ambiente”. A esto añadió que “las responsabilidades deben estar diferenciadas” entre los países desarrollados y los emergentes, animando a las “economías desarrolladas” a “tomar la delantera” en el cumplimiento de los objetivos de reducción de emisiones de carbono.
En segundo lugar, están los EE.UU., con un 12,67% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero y con una estrategia de reducir estas emisiones un 50% (con respecto a 2005) para 2030; a la vez, tienen el objetivo de alcanzar la neutralidad climática en 2050. Con una dependencia de más del 90% de la combustión de hidrocarburos, se hace difícil pensar en una descarbonización acelerada.
En tercera posición se sitúa la Unión Europea (UE), tomada en su conjunto, con un 7,52% de las emisiones mundiales y con una estrategia de alcanzar la neutralidad climática en 2050.
En cuarto lugar, está la India, con un 7,08% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. El primer ministro de la India, por su parte, anunció hace un año, en la anterior cumbre climática de Glasgow del COP26, que su país alcanzaría la neutralidad de carbono en 2070 (una década después de China y dos más que los EEUU y la Unión Europea), no renunciando a seguir utilizando el petróleo y el gas para sacar a su pueblo de la pobreza y exhortando a las naciones del mundo desarrollado a multiplicar por 10 su presupuesto para financiar la descarbonización de los países pobres. Muy largo se antoja el plazo.
En quinto lugar, se coloca Rusia, con un 5,36% de las emisiones mundiales y con un proyecto de reducción del 80% de gases de efecto invernadero respecto a niveles de 1990 en 2050. Este país, después de invadir Ucrania, ni de lejos va a centrar sus preocupaciones en la descarbonización.
La UE es responsable de menos del 8% de las emisiones mundiales. Los otros cuatro países de este top 5, que representan el 51,21% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, no van por la senda de la descarbonización acelerada y gran parte de Asia, a la vez que la mayor parte de Sudamérica y África, no tienen siquiera estrategias a largo plazo de descarbonización. ¿Tiene sentido la estrategia atropellada de descarbonización y electrificación de la Unión Europea?
Podemos recurrir a la teoría del “segundo óptimo” (Lipsey y Lancaster, 1973). Este planteamiento muestra que si, por alguna razón, una o más de las condiciones del óptimo no pueden alcanzarse, las demás condiciones no son, en general, deseables por más tiempo porque están alejadas de la realidad. Se puede interpretar que, en nuestro caso, introducir reformas drásticas de descarbonización en algunas áreas, pero no en otras, no es necesariamente mejor que mantener una moderada tendencia hacia la descarbonización en todos los mercados.
Efectivamente, la descarbonización acelerada de los países de Europa, cuya cifra unitaria de emisiones es una nimiedad frente a naciones como China e India -y frente a las que se ponen en inferioridad de condiciones-, se presenta como una estrategia poco menos que suicida, que puede llevarse por delante -para empezar- los sectores energético e industrial del continente.
Bien es verdad que, en condiciones geopolíticas estables, suele tener peso el argumento de que los países que trabajan en sacar a su población de la pobreza no merecen los mismos sacrificios que los desarrollados que contaminan para que su población aumente su nivel de riqueza. Y así ha ocurrido durante toda la historia con los países desarrollados, que se pueden permitir el lujo de preocuparse por el medio ambiente (tanto más cuanto más alta es su renta).
Pero no estamos en una situación estable: tenemos un conflicto bélico a las puertas de Europa que pone en riesgo a la U.E. y daña considerablemente sus economías; por otro lado, a nivel global, una dictadura comunista como es China amenaza la supremacía mundial de los EE.UU. Esto provoca zozobra e inquietud en todas las democracias occidentales, que pueden acabar en el sometimiento y la irrelevancia (ya actualmente la influencia internacional de los países europeos y su poder económico están en mínimos históricos).
Por otro lado, no está a punto la tecnología hacia la que se va a avanzar en el proceso de transición energética, con los riesgos que ello conlleva. Con el objetivo de descarbonizar al planeta se pretende apostar por las energías renovables, aunque para ello hay que generar una cantidad suficiente para satisfacer la demanda o, de lo contrario, la economía no se sostendrá. No pueden seguir desapareciendo las fuentes que se consideran como contaminantes sin alternativas eficaces y eficientes. Actualmente, cuando con las energías solar y fotovoltaica no se puede realizar el suministro por situaciones de ausencia de viento o sol, se presenta el problema tecnológico de la falta de capacidad de almacenamiento. Se siguen necesitando, por tanto, energías generadas por combustibles fósiles o energía nuclear como alternativa para evitar el colapso del sistema.
Una muestra de la problemática y los efectos funestos de la transición forzada la encontramos en el cambio obligado y prematuro del vehículo de combustión por el vehículo eléctrico, con los efectos desastrosos que está teniendo en el mercado. También se presentan problemas en cuanto a la construcción de toda la infraestructura de aprovisionamiento de los vehículos y aparatos eléctricos que vayan a reemplazar a los movidos por combustibles fósiles.
En este contexto, tampoco todo resulta electrificable, y hay procesos que requieren, por ejemplo, altas temperaturas. Para ello, el llamado hidrógeno verde ( hidrógeno producido por electrólisis del agua mediante energía renovable, proceso en el que sólo se desprende vapor de agua) podría jugar su papel como combustible descarbonizado. El hidrógeno verde se presenta, por ahora, como combustible fundamental (o insumo para desarrollar otros combustibles) que se puede utilizar en sectores donde la electrificación no es fácil, como el transporte terrestre pesado, el transporte marítimo o la aviación. Pero todo este desarrollo industrial ni está a punto ni se puede hacer de la noche a la mañana.
En definitiva, la transición energética aún requiere un desarrollo tecnológico para ponerse a punto, y eso lleva tiempo e inversión. La destrucción creativa no se hace a golpe de decreto, si se quiere evitar la destrucción de un país.
En este marco comenzó este pasado domingo la cumbre anual del clima de las Naciones Unidas (COP27) en la ciudad de Sharm el Sheij (Egipto). Con la situación actual, ni China, ni los EE.UU. ni la India (cuyos líderes no tienen previsto asistir) van a esforzarse en acelerar el proceso de descarbonización, so pena de empobrecer sus economías.
El secretario general de la ONU, António Guterres, durante su primera intervención, afirmó en tono apocalíptico que “estamos en una carretera al infierno climático con el pie en el acelerador". A estos llamamientos vemos que viene respondiendo con entusiasmo la Unión Europea (y no así los países más contaminantes), con unos dirigentes que han acogido bien estos postulados fundamentalistas y han secuestrado las políticas económicas; atacando a los distintos sectores económicos y planteando objetivos imposibles.
En el contexto actual de crisis energética, muchos de los países de la Unión Europea han recapacitado, retomando el uso de combustibles fósiles y demorando la transición energética. Esperemos que el ejemplo cunda -especialmente en España-, porque al supuesto infierno energético se llegaría cuando la inmensa mayoría de nosotros -incluyendo el secretario general de la ONU- ya estemos criando malvas, pero al abismo económico se llega mucho más pronto.