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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

La plaza de los siglos
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(Foto: Ayuntamiento de Madrid)

La plaza de los siglos

martes 04 de noviembre de 2025, 08:00h
Actualizado: 19/11/2025 18:49h

El 4 de noviembre de 1571, Madrid inauguró su corazón: la Plaza Mayor. Donde antes hubo una laguna y luego un arrabal desordenado, se alzó un rectángulo de piedra, simétrico y solemne. Felipe II quiso una plaza digna de su imperio, un escenario para la monarquía, la fe y el pueblo. Juan de Herrera trazó los primeros planos, y años después Juan Gómez de Mora le dio forma definitiva. Desde entonces, la plaza se convirtió en el centro de gravedad de la Villa y Corte.

Bajo sus soportales se instalaron los gremios: panaderos, curtidores, especieros. Los lunes eran mercado, con lonas ondeando al viento y mostradores llenos de frutas, carnes y telas. Pero la plaza no fue solo comercio: fue teatro, altar y cadalso. Aquí se celebraron autos de fe, se ejecutó a traidores, se corrieron toros y se cantaron villancicos. El 4 de diciembre de 1617, Felipe III presidió una corrida que desbordó el espacio. “La plaza parece pequeña”, dijo el rey, y ordenó derribar casas colindantes para ampliarla. Así, la Plaza Mayor creció a golpe de espectáculo.

También ardió. Tres veces. En 1631, un horno desató el primer incendio: trece muertos y más de cincuenta casas destruidas. En 1672, un farolillo junto a una imagen de la Virgen del Rosario provocó el segundo. El tercero, en 1790, fue el más devastador. Juan de Villanueva rediseñó el conjunto con sobriedad y armonía: fachadas iguales, tejados inclinados, uniformidad monumental. Así nació la plaza que hoy conocemos.

Durante siglos, la Plaza Mayor fue espejo de Madrid. Aquí se proclamaron reyes, se bendijeron banderas, se celebró el Corpus con la Tarasca, ese dragón grotesco que precede la procesión. Aquí se vivieron fiestas y tragedias, verbenas y silencios. Y también transformaciones: durante años fue aparcamiento, con coches bajo los soportales donde antes se cantaban villancicos.

Hoy, la plaza sigue siendo el corazón de la ciudad. Ya no hay autos de fe ni corridas de toros, pero sí mercados navideños, conciertos y encuentros. La estatua de Felipe III preside el centro desde 1848. La Casa de la Panadería, restaurada y decorada con frescos de Carlos Franco, es su rostro más reconocible. Sus 237 balcones, que fueron tribunas de la historia, miran ahora a turistas, madrileños y músicos callejeros. Cada uno guarda un eco: un viva al rey, una súplica, un verso.

Tal día como hoy, Madrid no solo inauguró una plaza. Inauguró un escenario. Un teatro urbano donde cada piedra guarda una historia, cada arco una memoria, cada baldosa una emoción. La Plaza Mayor no es solo un lugar: es el alma de una ciudad que aprendió a reunirse y a celebrar.

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