El 7 de noviembre de 1822, en pleno Trienio Liberal, Manuel José Quintana inauguró la Universidad Central de Madrid. Aquel acto no fue solo la apertura de una institución académica: fue la declaración de un proyecto de país. Una universidad laica, científica, moderna, que recogía el legado de la vieja Alcalá para traerlo al corazón de la capital.
Desde entonces, la universidad ha sido testigo de todo: del auge del krausismo, de la Institución Libre de Enseñanza, de las primeras mujeres universitarias, de la Guerra Civil, del exilio intelectual, de la censura franquista, de la Transición. En sus aulas enseñaron Unamuno, Ortega y Gasset, Clara Campoamor, Severo Ochoa. En sus pasillos se conspiró, se soñó, se resistió.
En los años 30 nació la Ciudad Universitaria, un campus moderno con facultades y jardines, truncado por la guerra. Durante la contienda, las aulas se vaciaron y se convirtieron en trincheras, hospitales de campaña y refugios para libros prohibidos. La posguerra trajo silencio y censura, pero también resistencia. En los años 60, los pasillos volvieron a llenarse de voces que leían a Sartre y soñaban con otro país.
Hoy, la Universidad Complutense, heredera directa de aquella “Docta”, es una ciudad dentro de la ciudad: más de 80.000 estudiantes y decenas de facultades. Pero atraviesa uno de sus momentos más delicados. Un déficit estructural ha obligado a la Comunidad de Madrid a concederle un préstamo de 34,5 millones de euros para evitar el colapso, a cambio de recortes del 35 % en el gasto de las facultades. La universidad que fue símbolo de modernidad se enfrenta ahora a la paradoja de tener que ser salvada para poder seguir enseñando.
Y sin embargo, sigue. Porque la universidad no es solo un edificio ni una cuenta bancaria. Es una idea. Una promesa. Un lugar donde aún se cree que pensar es un acto de resistencia. Tal vez, como en 1822, estemos otra vez en un momento de refundación. Tal vez baste con una estudiante que no se rinde, con un profesor que sigue enseñando aunque le falten recursos, con una biblioteca que resiste al polvo y al silencio. Mientras haya alguien que entre en un aula con una pregunta en la cabeza, la Docta seguirá viva.