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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

Grabado anónimo de Luis Candelas.
Grabado anónimo de Luis Candelas. (Foto: MDO.)

Luis Candelas: el arte de desaparecer

jueves 06 de noviembre de 2025, 08:00h
Actualizado: 19/11/2025 18:49h

Luis Candelas no fue un ladrón cualquiera. Fue un madrileño de Lavapiés que convirtió el robo en un arte escénico, el disfraz en una herramienta política y la huida en una declaración de estilo. En el Madrid del siglo XIX, donde las farolas de gas apenas iluminaban las sombras, Candelas caminaba con capa de terciopelo, sombrero de ala ancha y una cortesía que desarmaba tanto a damas como a guardias.

Robaba sin violencia, escribía notas de disculpa a sus víctimas y se colaba en bailes de máscaras para robar joyas con una sonrisa. En los cafés del centro se hacía pasar por indiano, comerciante o diplomático. Cambiaba de acento, de modales, de historia personal. Nadie sospechaba del hombre que hablaba de negocios mientras observaba con precisión los bolsillos ajenos. Su encanto era tal que incluso en prisión convenció a un carcelero para que lo dejara salir “solo un rato”. No volvió.

A su lado, siempre, La Nati, compañera fiel y cómplice en más de una fuga. Vivían en Lavapiés, entre vecinos que sabían más de lo que decían. Pero incluso los mitos tropiezan. Y cuando lo hacen, el golpe no es solo contra el suelo, sino contra la imagen que han construido con tanto esmero. Luis Candelas cometió un error: el robo a la modista de la reina regente María Cristina. El botín fue generoso, pero más que el valor material, lo que se llevó fue un símbolo. Un desafío directo a la autoridad de palacio.

Madrid se convirtió en una trampa. El gobernador civil ordenó una operación sin precedentes. Lo capturaron cerca de Alcazarén, en Valladolid. Fue juzgado el 2 de noviembre de 1837. La sentencia, inapelable: muerte por garrote vil. Pidió clemencia a la reina. No hubo respuesta.

El 6 de noviembre, al amanecer, subió al cadalso en la Plaza de la Cebada. Vestía con elegancia. Como siempre. No pidió confesión. No lloró. No tembló. Se mantuvo erguido, como si aún estuviera interpretando un papel. Sus últimas palabras fueron: «Nunca se mancharon mis manos con sangre de mis semejantes. Adiós, patria mía. Sé feliz». Murió como vivió: con estilo. Y aunque la justicia lo venció, la leyenda lo sobrevivió. Porque hay hombres que no mueren del todo. Se disuelven en el aire, se esconden en las esquinas, se cuelan en las conversaciones de madrugada. Luis Candelas. El arte de desaparecer.

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