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Pesadilla y realidad

sábado 15 de agosto de 2020, 11:56h

Soy un sanitario que trabaja en residencia como tantos otros, que al igual que en los hospitales, nos hemos dejado la piel por salir de esta pandemia. Ahora que todo está más tranquilo creo que es hora de contar mi experiencia.

Suena el despertador y tengo la sensación de haber dormido poco y mal. Desayuno fuerte, porque pasaran muchas horas hasta que pueda volver a hacerlo, después cojo mi coche y me dirijo al trabajo. Las calles están vacías y las carreteras están solitarias, lo único que hace que me distraiga de este caos y de saber qué es lo que me espera al llegar, es escuchar la música del coche.

En aquel momento, al llegar al trabajo pasábamos por un circuito de sucio para cambiarnos la ropa de calle para ponernos el uniforme y pasar al circuito limpio para posteriormente colocarnos las protecciones que eran pocas y escasas. Mascarilla quirúrgicas para 4 ó 5 días, delantales de plásticos que nos facilitaban los de cocina y bolsas de basura que utilizábamos como trajes impermeables para podernos cubrir la mayor parte del cuerpo que podíamos y como podíamos.

Nos reunimos todo el equipo para hacer valoración de la situación y del trabajo a realizar. En mi situación, a pesar de ser fisioterapeuta, mi trabajo en esos momentos tan complicados no fue nada agradable, ya que me toco hacer lo más duro, triste y desagradable de todo, tener que rociar con agua y lejía el cuerpo de los abuelos que tantos años habían permanecido conmigo y que ahora habían fallecido, meterlos en los sudarios y volver a rociarlos con la lejía de nuevo hasta dos veces, fue lo peor de todo, después trasladarlos hasta el tanatorio de la residencia, sin que sus familiares pudieran despedirse de ellos, sin sitio para poder dejarlos debido a la cantidad de abuelos que se estaban muriendo y allí tener que dejarlos hasta la recogida de las funerarias que, en algunos casos, tardaban hasta dos días en su retirada debido al caos que había en todas partes.

Además de todo, me toco crear una zona de aislamiento en una de las plantas de la residencia, y con mochila a cuestas desinfectar las habitaciones de posible COVID-19 de los abuelos que ya habían fallecido, o de los que sus familiares se habían llevado, vaciando el ala entera y bajando a los abuelos sin síntomas de COVID con todas sus pertenecías (sus fotos, su ropa, sus muebles) ya desinfectadas, todo lo que para ellos significaba su hogar, ahora estaban siendo trasladados deprisa, sin poder parar ni un momento, para explicarles lo que estaba pasando…. Pero yo tenía que pararme, contarles el por qué de todo esto, creo que es algo que les debía, ya que no podían contar con el amor de sus familiares, estaban aislados y, con tanto cambio, se encontraban desorientados.

Me he sentado con ellos, hemos hablado de sus familias, les he conectado con ellos, en definitiva les he dado el cariño y consuelo que necesitaban, intentando que estuviesen lo mejor posible y que no notaran como estaba la situación; que no notasen que cada vez eran menos y nosotros también, porque los compañeros caían enfermos y los pocos que quedábamos realizábamos tareas que, aunque no nos correspondiesen, había que hacer.

Les dábamos de comer, los duchábamos, los vestíamos, en definitiva luchábamos contra la pandemia pero, por desgracia, en muchos casos no han podido vivir para ver que todo esto pasaría.

Cuando parábamos a comer algo, llegaba otro de los momentos peores. Ver como tus compañeros desanimados, lloraban sin consuelo por todo y todos, sin recibir ninguna ayuda del exterior más que las dos veces que vino la UME a desinfectar y bajar la carga viral de toda la residencia.

Han sido los meses más crueles y duros de mi vida porque a todo lo anterior tenemos que añadir que cuando un abuelo se ponía enfermo llamábamos al 112 para que enviaran una ambulancia y te decían que no podían venir a por ellos, ni llevarlos, que estaban colapsados que no tenían camas para ellos, que les diéramos los medicamentos y los controláramos nosotros. Pero a pesar de todo veía como sus vidas se iban apagando y no podía hacer nada.

Al acabar la jornada regresaba a mi casa y tenía que renunciar a abrazar y besar a mi familia. Tenía que quitarme la ropa y subir derecho a la ducha porque si no, no podía ni estar en la misma habitación con ellos.

Pero lo más duro era no poder contarles y desahogarme de todo el horror que vivía.

He llorado, si mucho, porque todos eran mis abuelos, con los que he compartido muchos años y muchas cosas. Como he aguantado, no lo sé, será por la vocación que tengo en mi profesión o porque creía que no podía dejar a esas personas que habían significado tanto para mí y que tantas alegrías y risas me habían dado. Esta situación jamás la pude imaginar, ni en mis peores pesadillas.

Soy una persona a la que el trabajo no le asusta pero espero que esto no me pase factura.

Ahora por fin, llegar al trabajo y, que a pesar de tener todavía que seguir unas pautas para poder ponerme a trabajar, poder recoger los EPIS (equipo de protección individual), para tener una barrera de protección contra este virus mucho más segura y que, por fin, se vaya viendo una luz al final del túnel, a pesar de que todavía exista una barrera que impida poder dar cariño mediante abrazos y besos a nuestros abuelos, gestos de afecto que tanta falta les ha hecho y les sigue haciendo en estos momentos tan duros.

Ver a la gente por la calle sin mascarillas, sin guardar la distancia, en definitiva sin respetar en muchos casos a los demás, me duele mucho, por todos los sanitarios y todas las personas que ya no pueden estar en este maravilloso mundo.

Ojala hayamos aprendido algo de todo esto…. Aunque por lo que veo, creo que no, pero me gustaría equivocarme.

Quiero despertar de una vez de esta pesadilla.

Maldini

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