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La sombra del miedo

jueves 21 de mayo de 2020, 15:57h

El desconcierto inicial, dio paso al pánico y a partir de ahí semanas y semanas “alarmados”, comprobando que se van yendo, que la vida se va disolviendo, que las residencias de ancianos son trampas mortales, y la responsabilidad se difumina en una culpabilidad colectiva.

Apreciamos a los profesionales esenciales, necesarios: sanitarios; agricultores; ganaderos; pescadores; camioneros; reponedores; cajeros; barrenderos… y peluqueros; además de los psicólogos; sin olvidar a los cuidadores de ancianos informáticos; científicos… miembros de las Fuerzas de Seguridad y del Ejercito y un largo etc. donde están desde gasolineros a periodistas.

Descubrimos que mucha gente tiene perro, y que también muchos corren en chándal. Adquirimos el hábito del telecolegio y teletrabajo. Emergió la nostalgia por la Naturaleza. Nos dimos cuenta de lo que significa deslocalización, al comprobar que en Europa no había mascarillas. Nos sorprendió la resurrección del Estado, con asunción del mando único, como servicio público, como proveedor de dinero, desbordando los nacionalismos.

Y dado que desde el primer día decayó el abrazo, me afané en la palabra viva, sabedor de que la actitud es fundamental y que nos aleccionó Don Quijote “confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a amargas dificultades”.

Obviamente entre disfrutar de libertad o estar confinados las conductas varían ¿y los pensamientos? ¿y los posicionamientos?

Claro que hay preguntas que todos nos hemos formulado, se refieren a cómo proteger a nuestros mayores de futuras crisis sanitarias, y qué hacer con nuestros últimos años de vida.

Muy posiblemente todos hayamos interiorizado que es un grave error priorizar el éxito material sobre otros aspectos esenciales, llámense valores o virtudes.

También mayoritariamente hemos añorado la Naturaleza y coincidido en que dado que hay problemas inevitables, lo que nos cabe es modular su significado.

Decía Borges que “el mundo es unas cuantas tiernas imprecisiones”, y yo me permito añadir, que estos tiempos extraños, donde la incertidumbre, la esperanza y el miedo se entrelazan nos invitan a aunar seriedad, simpatía, dolor y un tono que busca contribuir a sin olvidar, seguir viviendo.

Hemos compartido una conciencia subliminal, donde cuando todo se ha parado hemos percibido una sensación de alivio, simplemente al hacer menos, y ello pese a la mentira política que mantenía la falacia del estado de guerra.

Claro que cada uno de nosotros es un sistema de preferencias, a algunos nos atrae la construcción intelectual, el seducir para persuadir como recurso literario. Palabra escrita, palabra dicha en las tertulias del Café Gijón, como la que pusimos en marcha en 1992, y sigue viva: Justicia y Utopía, que nos reúne cada primer jueves de mes a almorzar, hablar, escuchar, enseñar, aprender, compartir.

Considero, que una vez elegido lo que importa, conviene rechazar distracciones, y es que comprometerse con una causa, con una vocación permite centrarse con atención en las metas elegidas, en las importantes.

Hay un deseo innato (callado), de nunca morir realmente, por eso nos embarcamos en proyectos de ingenua inmortalidad. O dicho con otras palabras, dado que sabemos de nuestra inevitable pérdida del yo físico, buscamos proyectarnos en un yo conceptual (una canción; un libro; una pintura; una obra arquitectónica; una escultura), nos gusta firmar nuestras obras para el futuro, para la posteridad.

Durante este tránsito o catarsis colectiva, hemos sentido la ciencia que abraza y la vocación por las profesiones de cuidado y ayuda como medicina, enfermería, psicología.

Quizás, solo quizás, nos hayamos preguntado sobre cuál es el legado de nuestra vida, y es que nos devoran las trivialidades en el denominado primer mundo y en gran número, estamos muy bien acomodados en términos materiales, y sin embargo atormentados psicológicamente por contratiempos o problemas menores.

Debiéramos de afrontar la realidad de nuestra propia mortalidad porque elimina por completo todos los valores superficiales y mediocres. Resuena Mark Twain: “el temor a la muerte deriva del temor a la vida. Un hombre que vive plenamente, está preparado para morir en cualquier momento”.

Hemos tenido una situación y días de reflexión, para entender que somos un componente que contribuye a una entidad superior, mucho más importante que nosotros mismos, está unido a la especie humana, al inabarcable universo.

Tiempo para explorarse a uno mismo, aislamiento para conectar con los demás, para comprender que estamos necesitados de risas compartidas. Siendo que en la llamada vida normal y salvo excepción siempre se antepone el “yo”, o el reducido “nosotros”.

En esta vida congelada sufrimos emocionalmente, pues hay hambre de abrazos y miedo a los contactos.

Miedo al miedo. Miedo de los “vulnerables”. El miedo, que no es racional, es una respuesta adaptativa ante un peligro que no podemos controlar, interviene la amígdala (el paleocerebro).

Sufrimos el dilema social proximidad versus seguridad (distancia), la disonancia amígdala - lóbulos frontales.

Contra el pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad, pero si no se puede gestionar el miedo y aún estando en casa, hay que solicitar ayuda a expertos en conducta humana, que trabajamos combatiendo fobias y ataques de pánico mediante terapia cognitivo-conductual y de exposición, para cambiar el modo de reaccionar ante la situación que provoca miedo.

Tras el confinamiento, muchas personas se han negado a retomar la calle, algunas son hipocondríacas, otras tienen miedo a volver a la denominada “nueva normalidad”, otras se han acomodado y les da pereza volver al estrés, a los retos del día a día. Hay quien metafóricamente le ha denominado síndrome de la cabaña. Algunos casos se concretan en agorafobia.

Detengámonos un momento en los hipocondríacos, pacientes que sufren un trastorno con elevado miedo, preocupación y ansiedad, ante la creencia de padecer una enfermedad grave. No existe tal enfermedad, pero su convicción es tal, que la sufre y hace padecerla a quienes le rodean. Podríamos con cautela hablar de una actitud, que cursa positivamente mediante tratamiento cognitivo. En ocasiones van de medico en médico, incluso de intervención quirúrgica en intervención. A veces, y como mal menor, se emplean con ellos fármacos y técnicas placebos.

Todos en la cuarentena entre cuatro paredes, hemos vivido el aletargamiento, la tensión, el miedo, la angustia, hipervigilancia, dificultad para conciliar un sueño reparador, una atención dispersa, dificultad de concentración, cansancio… para a la salida ser zarandeados por mecanismos condicionados en relación al distanciamiento físico.

La pandemia, el confinamiento, debiera servirnos de crisis existencial para valorar qué hemos perdido en el camino de nuestra vida, y volver a poner el rumbo con el sentido que le da su razón de ser.

La sombra del miedo siempre nos acompaña. El miedo es muy poderoso, el miedo nos hace muy obedientes.

Las consultas habituales en las “apps” de psicoterapia se han referido durante la extendida cuarentena a ansiedad, duelos patológicos por seres queridos fallecidos, problemas de pareja y problemas con los hijos.

Durante la reclusión un diecinueve por ciento de los españoles ha dicho sentir síntomas de ansiedad. Un veinte por ciento de estrés postraumático. Un veintidós por ciento de depresión.

Significar, que el grupo al que la pandemia y sus seguras consecuencias más ha exacerbado sus inseguridades es a los jóvenes.

Hemos comprendido que es lo esencial: los sanitarios; la agricultura; la pesca; los transportes, los supermercados; la familia; el hogar; la informática; la ciencia.

Los seres humanos necesitamos mirar hacia adelante, hacer uso de ese don inigualable que es el entusiasmo.

A los humanos nos cuesta creer que la amenaza real no es morir, sino ser inmortal.

Claro, que durante la dilatada crisis hay personas (no pocas), que han estado bien, pues lo social, lo laboral, en ocasiones supone un desgaste psíquico, además, una cosa es la soledad y otra estar aislado emocionalmente, siendo que bastantes ciudadanos poseen un rico mundo interior y han dedicado mucho tiempo a la lectura, música, escritura, pintura, espiritualidad, cocinar…

Y es que como dijo Don Quijote “me moriré de viejo y no acabaré de comprender al animal bípedo que llaman hombre, cada individuo es una variedad de su especie”.

Considero, que un ser humano y en gran medida puede ser conocido a raíz de lo que ha elegido, de lo que ha seleccionado a lo largo de su vida.

No somos un mero organismo, tenemos encomendada la labor de construir nuestra propia biografía, nuestro propio ser.

Sí, somos seres proyectivos forzados a construir nuestro propio destino, y es ahora, cuando la vida entra en crisis, cuando nos hacemos conscientes de nuestra existencia, sostenida en gran medida en creencias inconscientes. Atisbamos, que el coronavirus es más resistente que nuestra economía.

Y habremos de utilizar facultades esenciales, como la imaginación y la razón, desde la que nacen los conceptos, para cuya precisión y exactitud interviene la capacidad creativa para hacer frente a la incertidumbre, al miedo.

Partimos de que los miedos son necesarios para protegerse, pero peligrosos si paralizan, interioricemos que una realidad es la persona, y otras sus miedos.

Aconsejamos buscar apoyo clínico, pero al tiempo no demorar el enfrentamiento; reforzarse desde la voz interior; adoptar una postura activa; realizar un análisis racional de ideas irracionales; ponerse obligaciones; practicar (asesorada) la desensibilización ya sea real o imaginaria; desarrollar las fortalezas de afrontamiento, de compromiso, la práctica de deporte; entender que en el yo y mis circunstancias, podemos influir sobre la subjetividad del yo.

Hemos de construir nuestro ser, desde las circunstancias, y siempre con un argumento, con un proyecto, desde la perseverancia en la esperanza, el esfuerzo en el porvenir. Como escribió Pío Baroja “nada hay imposible para una voluntad enérgica”.

Detrás de nuestra ansiedad emocional está el miedo a la muerte, pues imaginamos el mundo sin nosotros. Quizás debiéramos intentar entender, que sin la muerte todo pudiera ser intranscendente, y aspirar a aceptar la impermanencia de la propia existencia.

Javier Urra

Académico de Número de la Academia de Psicología de España

Javier Urra

Primer Defensor del Menor

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