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Un año alarmados

Por Esther Ruiz Moya
domingo 14 de marzo de 2021, 09:00h

Parece que ha pasado una eternidad, pero justo hoy, hace un año se decretó el primer estado de alarma y de repente todo se paró. Que dio igual nuestra urgencia, nuestra prisa, nuestra falta de horas en el día, porque comenzó una nueva medida del tiempo en el que los días eran infinitos.

Hace un año que los mejores guionistas y novelistas de ficción quedaron en meros aficionados porque la realidad los superó.

Hace un año que descubrimos que nuestra libertad no era nuestra, que los planes no eran nuestros, que nuestra vida no era nuestra.

Hace un año que supimos que daba igual nuestro esfuerzo por tenerlo todo controlado porque no todo estaba bajo control y menos, cuando es la vida quien improvisa dejando al descubierto nuestra fragilidad.

Hace un año que conseguir papel higiénico o lejía en el supermercado era una auténtica heroicidad. Que el paracetamol, los termómetros, los guantes de látex y el alcohol pasaron a ser artículos de lujo.

Hace un año que perdimos la sonrisa debajo de unas mascarillas que no eran obligatorias pero que hoy son imprescindibles.

Hace un año que un nuevo vocabulario comenzó a monopolizar nuestras conversaciones: pandemia, coronavirus, COVID-19, estado de alarma, gel hidroalcohólico...

Hace un año que comprobamos que la globalización también es que un virus no entienda de fronteras y se extienda por el mundo y mate por igual a un chino que a un español.

Hace un año que el silencio ensordeció el ruido de las calles.

Hace un año que empezamos a teletrabajar, teleestudiar, telereunirnos, vídeollamarnos, vídeoquedar, vídeoamar...

Hace un año que nuestra única certeza empezó a ser la incertidumbre.

Hace un año que nos dijeron que se acabaron los besos, los achuchones, los abrazos... adiós a tocarnos ni siquiera a rozarnos porque teníamos que estar como mínimo a un metro de distancia... y así seguimos, distanciados y hambrientos de piel.

Hace un año que empezamos a echar de menos lo que tantas veces antes habíamos echado de más. Que empezamos a extrañar, a anhelar, a añorar...

Hace un año que nuestras casas se convirtieron en hogares, pero también en oficinas, colegios, guarderías, universidades, discotecas, bares... hasta panaderías y reposterías.

Hace un año que tener un balcón era un privilegio, una terraza el paraíso y un jardín la gloria.

Hace un año que todo el mundo deseaba tener mascota para salir, aunque fuese con horario.

Hace un año que empezamos a convivir con las ausencias que estaban cada día más presentes, con el miedo a lo desconocido, a la soledad, a perder, a no volver a ver...

Hace un año en que lo normal se convirtió en algo maravillosamente extraordinario.

Hace un año que lo que conocíamos cambió y nos pilló con el paso cambiado. Un año desde que nada es igual. Un año desde que empezamos a esperanzarnos con un final. Un año desde que creíamos que todo iba a ser un mal sueño de quince días, los que duraba el primer estado de alarma y del que aún no hemos logrado despertar.

Un año desde que comenzamos a planear, a ilusionarnos, a soñar mientras decíamos “Cuando esto pase...”

Esther Ruiz

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