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Palabras que sanan

lunes 06 de abril de 2020, 09:18h

Empezamos una nueva semana, un nuevo día, de estos nuevos días que cada vez van siendo menos nuevos...

Y en este pasar de los días vamos teniendo de todo: días buenos, días resignados, días regulares, días menos buenos y los temidos días malos... Esos que no sabemos como enderezar por muchas ganas que les pongamos, por mucho que queramos pensar en positivo, por mucho que nos queramos convencer de que ya pasará y que mañana será otro día. Esos en los que te invade la tristeza, esos que empiezan encogiéndote el estómago hasta conseguir llegarte al corazón... Esos en los que las lágrimas son incontrolables. Esos que no tienen un por qué, sino una lista interminable de por qués a los que no sabemos dar respuesta...

Y es en esos días, de estos días raros, es en los que más añoras ese abrazo, justo el que no tienes. Ese beso, justo el que no te pueden dar... Anhelas ese cariño que necesitas. Esos días en los que la ausencia, la culpa y el miedo se multiplican. Esos días en los que te sientes pequeño, frágil, vulnerable, débil, inseguro, temeroso... Esos días en los que no quieres estar mal pero no lo puedes evitar y sólo quieres cerrar los ojos y que pase, que pase rápido, que llegue el día siguiente, un nuevo día en el que no haya miedo, ni tristeza, ni amargura...

Y es entonces cuando recibes esa llamada de “¿Cómo estás?”. No un qué te pasa sin más, porque de sobra se sabe que el COVID 19 nos ha dado motivos suficientes para que algo te pase, sino que es un “¿Cómo te sientes?”, un cuéntame, habla, qué te preocupa... tranquila que ya estoy aquí, desahógate, es normal que te sientas así, no pasa nada... Venga piensa que estoy ahí abrazándote, que pronto va a llegar ese abrazo, te lo prometo, que todo va a ir bien, que pronto nos vamos a encontrar. Ese “no sufras, no te quiero ver sufrir...” Ese TE QUIERO.

Y es que estamos tan poco acostumbrados a expresar nuestros sentimientos, que no sabemos gestionar un mal día, en este mundo, en el que vivíamos antes del virus, parecía que estar triste era signo de debilidad, que no nos lo podíamos permitir, porque en un mundo de prisas y de éxito nadie quiere oír penas... Y peor aún se nos había olvidado escuchar, una de las cosas más importantes de la convivencia... Estamos tan preocupados del yo, de mis cosas, del “bastante tengo yo con mis problemas”, de el “no me hables que llevo un día”, del “ y “¿eso te preocupa?, eso es una tontería”, del “tenía que llamar a mi madre, pero... ufff, mañana” y ese mañana igual se convertía en un no sé cuantos días... Somos tan inconscientes al usar las palabras, que no nos damos cuenta que lo que decimos y muchas veces el cómo lo decimos duele, un dolor que no es físico y por eso es más intenso. Nos escudamos en el “es que yo soy así”, “es una manera de hablar” sin pararnos a pensar que las palabras duelen.

Por eso cuando esto pase, que pasará... Recordaremos que hubo un día en el que un virus nos secuestró y nos sumergió en una montaña rusa de emociones en las que los días malos, eran muy malos, no eran sólo un bajón. Eran días llenos de lágrimas, de ansiedad, de angustia, de culpa, de incertidumbre, de miedo... Y ojalá y nunca olvidemos, que como no había abrazos, ni besos, lo único que nos salvaba de ellos eran las palabras. Esas palabras llenas de amor, de comprensión, de cariño, de ternura, de paciencia... Justo esas palabras que necesitábamos oír: LAS PALABRAS QUE SANAN.

Esther Ruiz

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