Pedí fuerzas, y Dios me dio dificultades para hacerme fuerte
Efectivamente, vivimos una época convulsa que muy bien podrá recordarse como un lustro de dificultades. Porque desde 2020, la sociedad mundial y muy específicamente la española está viviendo acontecimientos inéditos e insólitos. Todos estos acontecimientos, en ocasiones naturales y sobrevenidos, en otros sencillamente consecuencia de factores humanos intencionados o no (quién sabe), tienen un denominador común: todos ellos toman a la escuela como su auténtico banco de pruebas, hasta el punto de que es la escuela la que acaba impulsando y liderando una gran reacción social frente a ellos.
Así ocurrió durante la pandemia, con alumnado en sus casas, pero vinculado y partícipe de la acción educativa del centro, gracias al compromiso de un profesorado que no reparó en horarios, medios o esfuerzos. Así ocurrió tras la borrasca “Filomena”, que nos anegó de nieve hasta las cejas y que, muy especialmente en el ámbito escolar, provocó una reacción solidaria protagonizada por directivos de centros, profesorado, familias y alumnos que hizo posible el milagro de la recuperación de la actividad en tiempo récord. Y así acaba de ocurrir ahora, pocas horas antes de cerrar este número de nuestra Revista ECM, cuando un apagón eléctrico nos ha transportado durante casi toda una jornada, a la edad media, provocando que directivos, profesores y personal no docente se multiplicaran para atender a alumnos cuyos padres no podían recogerlos en los tiempos establecidos. Unas esperas que se prolongaron durante horas, a veces hasta bien entrada la madrugada, y que exigieron al personal del centro permanecer en el mismo dificultando en extremo el retorno a sus domicilios.
Más allá de los chistes que hablan de invasión alienígena, no está mal que aprovechemos situaciones como estas y como otras muchas, para parar unos minutos y reparar en la importancia de la institución escolar en general, y de nuestras escuelas católicas en particular. Sin duda, a lo largo de la historia, y en concreto durante los tres episodios referidos, las escuelas y sus comunidades educativas se han crecido en la adversidad; se han hecho fuertes y se han sabido y reconocido fuertes, gracias a estas dificultades llamativas y sobrecogedoras con las que nos hemos encontrados, y a otras muchas menos impactantes como las que nos encontramos cada día.
Sin duda, ante la dificultad se asoma la fortaleza. Y más allá de apagones, de temporales o de epidemias, nuestras escuelas y quienes les dan vida demuestran día a día que estos obstáculos singulares, y sobre todo los cotidianos, son regalos que se nos ofrecen para hacernos más fuertes, aunque quizá quepa matizar que está muy bien ser fuerte, pero a lo mejor no tanto…
Emilio Díaz
Secretario regional de ECM