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Papelitos por el aire

Papelitos por el aire

Por Rafael Martínez-Simancas
lunes 22 de septiembre de 2008, 00:00h
Actualizado: 29/09/2008 13:04h
Volaban los papelillos por el aire e iban a caer sobre las cabezas de los elegidos en el cónclave del PP. Era tal la marabunta que deseaba saludar a Esperanza Aguirre que la presidenta tardó varios minutos en ascender, (verbo muy adecuado), desde el escenario al hall. Y a su lado un Rajoy confuso porque no está acostumbrado a estos actos de exaltación de la gaviota que organiza Aguirre.

En la entrada habían puesto una tienda para vender objetos “populares”, el kit esencial costaba dieciocho euros y te podías llevar hasta un pin de la presidenta con lucecitas. Granados se compró uno. Pero el objeto más demandado fue la tostadora popular, un aparato que saca las rebanadas con el logotipo del PP impresionado sobre el mapa de la Comunidad de Madrid. A eso se le pone un chorreón de aceite en el desayuno y juran que tiene sabor a victoria. Más le valdría a Rajoy comprarse una.

Existe una distancia abismal entre el empuje del PP madrileño y el de Génova. Me decía Monserrat Nebreda que le había preguntado al presidente de Vallecas cuántos afiliados tenía y le respondió que cinco mil, “justo, igual que yo en toda Cataluña”. El PP es una máquina de dos velocidades que sube mal las cuestas fuera de Madrid. Este fin de semana también han celebrado congreso en Andalucía donde Arenas se ha instalado en la oposición continua, una manera de llegar a la melancolía a través de la realidad de las urnas.

Coñas con la música aparte, (la culpa es del yerno de Sarah Palin porque Moragas copió la idea de la convención republicana de Minessota), el congreso logró sus objetivos de reparar distancias y acercar voluntades. Y, de nuevo, para entronizar a Esperanza Aguirre como el mayor baluarte ante Zapatero, (Rajoy lo pudo comprobar una vez más).

Lástima que la fiesta la estropeara el joven Pablo Casado que se dio al Club de la Tragedia con un discurso pasadito de formas y cuestionable de fondo. Sus palabras estaban bien para una gracia en el bar de la Facultad pero no es de recibo que un diputado regional liquide los valores de la izquierda con chistes acerca de la Guerra Civil y de la memoria histórica. No hay nada más carca que llamar carcas a los demás con acento de re-pijo. Juan Vicente Herrera que iba a continuación le bajó los humos y hasta Gallardón reconocía aportaciones en la izquierda. Con actitudes así no se construyó la transición.
Su enconamiento con el Ché Guevara fue tan violento como irracional. Será que al chico no le ha gustado la película.

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