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Huelga de médicos

Huelga de médicos

lunes 31 de marzo de 2008, 00:00h
Actualizado: 04/04/2008 17:05h

Puede que el ruido no llegue a los despachos, pero en los barrios no se habla de otra cosa. Ves a un grupo de personas mayores sentadas en el parque o charlando de camino al mercado y sus comentarios giran sobre lo mismo: “Pues a mi me han dicho que el lunes no vaya al ambulatorio porque como están de huelga, no nos van a atender”. Los paros durarán dos días esta semana y amenazan con otros dos la que viene, si no hay antes un arreglo. Y los servicios mínimos únicamente cubren las urgencias.
 
Pero ¿qué es una urgencia en medicina? ¿Una cuestión de vida o muerte? Si una señora de 80 años tiene fiebre alta por un enfriamiento, y le duele hasta el pelo, ¿es eso urgente? Si el abuelo se levanta con ciática ¿es urgente? La enfermedad es, muchas veces, dolor y malestar, algo que requiere de soluciones para reducir en lo posible el sufrimiento. En los paros actuales, según se ha estipulado, tampoco se atiende a quienes van buscando recetas, porque evidentemente eso tampoco es urgente. ¿Pero y la angustia de ver que se acaba el medicamento que alivia, que reduce síntomas o aleja el fantasma de la enfermedad? Muchas de estas situaciones se salvarán por la buena voluntad de los farmacéuticos, para quienes los ancianos no son sólo sus mejores clientes, sino también casi amigos y confidentes. Pero otras quedan al albur de las decisiones políticas, que muchas veces dependen de criterios tan peregrinos como la estrategia interna del partido o la necesidad de contrarrestar malos titulares con medidas efectistas.

Lo cierto es que faltan médicos en la atención primaria, que los profesionales de este campo llevan años -¡años!- advirtiendo de que los pediatras escasean, del poco tiempo del que disponen para atender a sus pacientes, de las carencias de un sistema en el que la cantidad se ha primado sobre la calidad. Es práctica común, desde hace tiempo, que sea la enfermera la que se ocupe tanto de la dispensación periódica de recetas como de las pequeñas revisiones –peso, tensión, azúcar-. De este modo, libera al facultativo para otros quehaceres. Pero ¿por qué lo libera? Porque al médico no le llega el tiempo. España tiene, desde hace décadas, un sistema sanitario envidiable y envidiado, del que muchos ciudadanos nos sentimos orgullosos –sobre todo, cuando comparamos con lo que las series de televisión nos enseñan que pasa en superpotencias como Estados Unidos- . Todos los que cotizamos a la Seguridad Social y pagamos impuestos contribuimos a su buen funcionamiento. Y por eso exigimos precisamente, eso: que funcione bien. No puede ser que los profesionales de los que depende su calidad estén mal pagados y peor considerados, que no cuenten con las condiciones mínimas para desarrollar su tarea con dignidad. Ser médico lleva aparejado un tremendo esfuerzo de formación; ¿es sensato que tantos años de estudio y dedicación no se recompensen luego con un salario decente? Las comparaciones, siempre odiosas, resultan en este caso tan sangrantes que es preferible no hacerlas siquiera.

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