El segundo día de las fiestas patronales de Nuestra Señora del Camino en Aravaca vivió anoche uno de sus momentos álgidos con el concierto de Un Pingüino en mi Ascensor. El Recinto Ferial, lleno hasta la bandera, se rindió a un grupo cuya originalidad les convirtió en rara avis en el pop español de finales de los ochenta: “demasiado pijo para los indie y demasiado indie para los pijos”, a juicio de los músicos. Una etiqueta que, lejos de desdibujarles, consolidó su condición de banda de culto, sostenida hoy por una comunidad fiel que celebra con entusiasmo cada una de sus apariciones.
El dúo formado por José Luis Moro y Mario Gil subió puntual al escenario, a las 23:45, tras el paso de los sevillanos Siempre Así, habituales de esta cita y que, como siempre, no defraudaron. Lo llamativo fue comprobar cómo, entre “veteranos” seguidores de su quinta -prácticamente como el que suscribe y sus amigos-, se mezclaban decenas de chavales de apenas 16 o 20 años con su outfit pingüinero correspondiente -mención especial a un simpático y entregado Pablo, de dieciséis- que podrían ser nietos de los músicos. Todos ellos rendidos, coreando de memoria cada estribillo y jaleando al unísono: “¡Mario, Mario!... ¡Pingüino, Pingüino!”.
El repertorio repasó lo mejor de su trayectoria. Sonaron temas como Arqueología en mi jardín, Juegas con mi corazón o Mi café, intercalados con momentos especialmente celebrados: Foie gras, foie gras, Piernas ortopédicas, Antonio Lobato, Un disco del Fary o el himno Atrapados en el ascensor, que desató la locura en el recinto. También hubo espacio para perlas como CAMP, El arzobispo Makarios y su botella de Larios, Supergilipollas, El balneario o El sangriento final de Bobby Johnson, antes de cerrar con la genial Espiando a mi vecina.
Una gira constante
La cita de Aravaca se enmarca en un 2025 especialmente activo, que acabará con 24 conciertos. Desde Valencia, Sevilla o Barcelona hasta la Puerta del Sol en Madrid, pasando por Oviedo, Fuenlabrada o Marbella, el grupo ha vuelto a demostrar su vigencia. Y aún queda mucho: tras Aravaca, llegarán a Albacete (12 de septiembre), Madrid (Copérnico, el 26 de septiembre, ya con sold out), Parla, Santander, Gijón o la -nueva- Galileo de Madrid (¡cuánto te echamos de menos, Germán!) donde cerrarán el año el 20 de diciembre.
No es poca cosa para un proyecto que, como ellos mismos admiten, es casi un pasatiempo. “No está mal para ser un grupo que se toma esto como hobby. De hecho, debemos ser el único grupo español que no actúa en verano. Desde el 15 de julio al 1 de septiembre nos cogemos vacaciones. Este año, como excepción hemos hecho Marbella, porque lo montaban nuestros amigos Max y Cristina”, nos comentaba José Luis horas antes de saltar al escenario.
Anoche, sin embargo, el Pingüino no estuvo de vacaciones: volvió a demostrar en Madrid-Aravaca que su humor ácido, sus letras surrealistas y su pop ligero siguen despertando pasiones en varias generaciones. Y han pasado ya 40 años.
Entrevista a Un Pingüino en mi Ascensor
Antes de su concierto en las fiestas de Nuestra Señora del Camino en Aravaca, José Luis Moro (Madrid, 1965) y Mario Gil (Lausana, Suiza, 1963) charlaron un buen rato, tinto de verano mediante, con Madridiario.
El Pingüino en mi Ascensor vivió una etapa longeva de culto, recuperando progresivamente más relevancia gracias a las redes sociales y una base fiel de seguidores que celebran sus conciertos incluso décadas después.
José Luis, músico y publicista, dio a luz al Pingüino en 1985, y Mario fue el tercero en discordia algo más de dos años más tarde.
Pregunta: ¿José Luis, seguís teniendo obsesión por la vecina de enfrente? ¿Y esto es una historia real?
Respuesta: La historia real es la que cuenta el final de la canción:
“Algo me ha despertado, me quedé dormido No tengo telescopio, ni nada parecido Enfrente de mi casa, la obra de siempre La misma excavadora, ese ruido estridente
Y el café se ha quedado frío La resaca de anoche va a durarme un mes El libro de Derecho Administrativo Sigue en la página número seis”
Cuando tenía 20 años empezaron a construir detrás de mi casa la M-30, y mi dormitorio daba justo ahí. Yo estaba estudiando Derecho, que era aburridísimo y me distraía continuamente mirando la obra por la ventana, como un jubilado, e imaginando cosas mucho mejores que lo que realmente se veía.
P: ¿Cómo surgió la idea de grabar tus primeras canciones con un teclado en tu habitación y usar letras tan surrealistas?
R: En Cuarenta años sin encajar en ningún sitio, el libro que he publicado este año recopilando las letras, cuento como mis primeras letras las hice con 13 años dedicadas al Bonobús, que acababa de lanzarse ese año, 1979. No recuerdo muy bien qué mecanismo mental me llevó a escribir sobre algo tan estúpido, pero fue así. Luego, un par de años después, cuando conocí a Alaska y Los Pegamoides o a Los Nikis, descubrí que aquello no era tan raro, que se podían hacer canciones sobre un bote de Colón o sobre un tío que tiraba tiestos desde su ventana, y ya no pude parar de escribir letras de ese tipo. En cuanto a la parte musical, yo intenté montar un grupo con amigos del colegio a los 16 años, pero nadie acabó de animarse, y como en mi casa había un órgano con ritmos, tecnología punta de la época, decidí componer con eso.
"Con los años me he desnasalizado un poco, pero yo no sabía cantar de otra manera"
P: ¿Qué buscabas transmitir con esa voz ‘nasal’, esos ritmos simples y ese humor tan peculiar que han marcado la identidad del grupo?
R: ¡Jajajaja! La voz nasal es la que me sale. Con los años me he desnasalizado un poco, pero yo no sabía cantar de otra manera. Me adelanté a Eros Ramazzotti, ¡jajajaja! El resto de las cosas tampoco fue buscado, es lo que me salía y, teniendo en cuenta que nunca he sabido tocar la guitarra, fue la única forma que se me ocurrió para poder hacer música yo solo.
P: ¿Cómo cambió el grupo, creativamente y en la práctica, cuando Mario Gil se incorporó en 1987?
R: Conocí a Mario cuando la compañía me lo propuso para producir el segundo disco. Yo era muy fan, tanto de Paraíso como de La Mode, así que para mí fue un subidón que fuera él. Nos entendimos muy bien desde el principio. Mario mejoró la calidad del “Pingüisound”, haciéndolo un poco más pro. Pero, claro, había que buscar la manera de llevar eso al directo, ya no podía seguir con mi tecladillo con ritmos. En un primer momento, intenté seguir haciéndolo yo solo y Mario ejerció de asesor musical y tecnológico, y fue quien me planteó qué tipo de parafernalia tenía que llevar para poder reproducir ese sonido en los conciertos. Estuve un tiempo, entre El balneario y el siguiente disco, Disfrutar con las desgracias ajenas, yendo yo sólo con un sistema, que en aquel momento era lo más avanzado, pero que en el fondo era súper rudimentario, porque tenía que llevar disquetes e irlos metiendo en un secuenciador, que era una especie de ordenador musical, muy primario, con muy poca memoria, con lo cual tenía que cambiar el disquete a mitad de actuación. Era bastante coñazo, había muchos fallos y le quitaba bastante frescura al show.
Cuando acabamos Disfrutar con las desgracias ajenas, convencí a Mario para que se viniera en directo como parte de Un Pingüino en mi Ascensor y eso mejoró tanto la parte musical como la imagen visual de la banda. A partir de ahí, Mario y yo hemos seguido juntos hasta hoy y, aunque toda la parte de composición musical y letras la sigo haciendo yo, él se ocupa de esta segunda fase importantísima con cada canción, que es son los arreglos y conseguir que todo suene mucho mejor. También se encarga de toda la parte de programación para los directos. Vamos, que, aunque siempre hacemos la coña de presentar a la banda y decir que nuestro batería y bajista es Steve Jobs, en realidad el responsable de todo eso es Mario Gil.
P: Mario, ¿y para ti? Cuéntame qué supuso para ti entrar en el Pingüino en 1988.
R: Yo venía de La Mode y de Paraíso. Y en este último grupo me lo tenía muy creído. En el 87 La Mode se disuelve completamente y yo recibo una llamada de Servando Carvallar, que me hace dos preguntas: ¿Quieres ser ‘obrero especializado’ de Aviador Dro? -yo dije, sí- y ¿quieres producir a Un Pingüino en mi Ascensor?, a lo que yo contesté: ¿quiénes son esos? Y me contesta Servando: “un pijo” (muchas risas de todos). Y así conocí a José Luis y fue un flechazo a nivel personal. Conocí a un tío educadísimo, que no era lo más habitual en plena “Movida” y yo lo valoré muchísimo, con mi educación helvética. Y empezamos a trabajar, a conocernos, a compenetrarnos, a respetarnos, y con algún altibajo al principio, 38 años después, somos una perfecta pareja de hecho, tenemos una gran amistad.
"Somos una perfecta pareja de hecho, tenemos una gran amistad"
En lo técnico, me pasaron el primer disco, que me pareció, que, aunque estaba muy bien, el sonido era muy precario. Y luego José Luis me fue pasando sus canciones, su maqueta con su cassette, y vi que ahí había mucha injundia, mucha inteligencia… Vi que era un tipo muy bueno. José Luis es una genialidad (y su familia, su entorno, su entorno laboral en el que también me involucré hace 15 años…). Y me puse a trabajar a destajo en El balneario. Así salió el primer disco, con Dro, que fue un pelotazo. Yo entonces trabajaba en Televisión Española y apareció José Luis en plena grabación de “El precio justo”, con las tres “pingüinetes” (Pilar, Pilar y Cris) de punta en blanco para pedirme, como él acaba de decir, que le ayudara con el directo “que no le salía”. Me quede muy gratamente sorprendido con la visita. Nos pusimos a ello y fue un bombazo, un directo brutal. Y hasta ahora.
P: Volvamos a ti, José Luis. De la música a la publicidad: ¿qué habilidades creativas aplicaste del Pingüino a tus campañas publicitarias y viceversa?
R: Hacer música pop, en el fondo, no está tan lejos de hacer publicidad, sobre todo la tradicional, que básicamente consiste en transmitir un mensaje que encaje en un formato de tiempo determinado, un spot de televisión o una cuña de radio tienen que durar medio minuto, y el pop es parecido. Una canción pop no debería durar más de tres minutos y medio. De manera que esa forma de pensar, con un límite de tiempo, yo ya la tenía en la cabeza. Por otro lado, la publicidad requiere saber escribir, pero saber escribir cosas muy breves, que funcionen muy bien en pocas palabras, y transmitan un mensaje de manera muy clara y rotunda. Una vez oí a un afamado creativo publicitario norteamericano decir que, si querías aprender a escribir publicidad, tenías que escuchar a Los Ramones porque eran unos maestros en el arte de decir muy pocas cosas muy rápido. Por eso, mi capacidad para escribir pequeñas tonterías musicales ha sido muy útil para escribir publicidad. Y en cuanto a viceversa, la publicidad me ha servido a entender las marcas, y un grupo musical no deja de ser una marca. Todo ese conocimiento lo aplico cada día a todo lo que seguimos haciendo.
"La clave para conectar con las nuevas generaciones es la desfachatez"
P: ¿Cuál crees que es la clave para que el grupo siga conectando con las nuevas generaciones, tantos años más tarde?
R: Yo diría que la clave es la desfachatez. Nosotros no vivimos de la música; nos dedicamos a ella simplemente porque nos divierte muchísimo, y eso se nota en las canciones que hacemos y en cómo las interpretamos en directo. La gente nota que hacemos lo que nos apetece, lo que nos da la gana, que nuestro umbral de autocensura es bastante bajo. Por otro lado, hay algo que siempre reivindicamos Mario y yo de la música de los 80, y seguramente de la de los 50 y los primeros 60 o el punk, que es el poder del estribillo. Nuestras canciones conectan muy bien con la gente, porque son fáciles, memorables, tarareables. Por ejemplo, si miras el indie español, en el cual hay cosas brillantes, lo que es más difícil es encontrar estribillos memorables. Por eso nosotros conectamos mejor.
P: ¿Y ahora, cuatro décadas más tarde?
Estamos en un momento de nuestra carrera musical en el que disfrutamos muchísimo de ella. Seguramente por eso de que hacemos lo que nos apetece. Ahora mismo tengo un montón de proyectos e ideas nuevas en la cabeza, sin ningún tipo de presión para hacerlas realidad, somos muy realistas: el 80 por ciento de la gente que viene a vernos no quiere oír canciones nuevas, sino, como ellos dicen, las que les recuerdan a la mejor época de su vida, pero aún así nos empeñamos en seguir haciendo nuevas canciones, estrenarlas en las redes sociales, tocar de vez en cuando en algún concierto, y grabar discos cuando juntamos las suficientes. Luego se venden solo 300 copias, pero ¿qué más da?
Pues yo soy de los que compra sus vinilos, no se pierde un concierto cuando puedo ir y me siento parte integrante de la "familia" del Pingüi. Y soy un profubdo admirador de Mario, que es un genio absoluto y a quien me encanta encontrar "en cualquier fiesta". Grandes. Gracias por seguir ahí divirtiendo y pasándolo bien