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El último sereno, Manuel Amago
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El último sereno, Manuel Amago (Foto: Telemadrid)

Muere Manuel Amago, el último sereno de Madrid: esta es la historia de los guardianes de la ciudad

Por MDO
miércoles 27 de agosto de 2025, 15:51h
Actualizado: 05/09/2025 15:46h

Con 98 años y asturiano de nacimiento, fallece Manuel Amago Fuertes, el último sereno que ejerció de guardián de llaves durante más de medio siglo en la capital. Cierra así una etapa de la historia de Madrid que comenzó durante el reinado de Carlos III.

Hasta finales de los años 70, las noches madrileñas tenían una voz propia: la del sereno. Con su pregón —“¡Las doce y sereno!”— estos vigilantes nocturnos marcaron durante más de dos siglos la vida cotidiana de la capital.

El sereno era un empleado municipal encargado de la vigilancia nocturna de las calles. Su misión principal era garantizar la seguridad de los vecinos en un Madrid sin apenas alumbrado, donde la policía aún no tenía presencia organizada.

Sus funciones eran tan variadas como útiles para los vecinos. Además de custodiar un enorme llavero con copias de los portales —que permitía abrir la puerta a quienes regresaban tarde a casa—, los serenos se encargaban también del alumbrado público, encendiendo y apagando los faroles de aceite y, más tarde, de gas. Su papel como garantes de la seguridad era fundamental: recorrían las calles, daban la voz de alarma con el silbato ante cualquier altercado y avisaban a la policía cuando era necesario.

En caso de emergencia, podían ser la primera ayuda disponible: alertaban de incendios, buscaban asistencia médica o incluso acompañaban a los vecinos en sus trayectos nocturnos. Y, como parte inseparable del paisaje sonoro de Madrid, cada hora anunciaban en voz alta la hora y el estado del tiempo: “¡La una y nublado!”, “¡Las dos y lloviendo!”.

Un oficio con acento madrileño

El servicio de serenos se consolidó en Madrid durante el reinado de Carlos III, el llamado “mejor alcalde de la capital”, preocupado por el orden y la higiene urbana. Cada vigilante tenía asignada una demarcación, normalmente varias manzanas, y los vecinos lo conocían personalmente.

“Yo vivía en Lavapiés y más de una vez el sereno me abrió la puerta cuando volvía tarde del trabajo”, recuerda Manuela, vecina octogenaria. “Nunca fallaba, siempre estaba en la esquina, con su farol y su chuzo”.

En los años 50 y 60, en barrios populares como Tetuán o Vallecas, los serenos eran casi imprescindibles. “Si había jaleo, el sereno soplaba el silbato y en seguida venía la policía. Eran nuestros vigilantes”, cuenta Julián, vecino de Chamberí.

Su pregón no era solo rutina: servía de aviso para los vecinos. “A mi madre le tranquilizaba escuchar al sereno. Decía: ‘Si él canta la hora, es que todo está en calma’”, recuerda Carmen, vecina de Tetuán.

El desarrollo del alumbrado eléctrico y la ampliación de la Policía Municipal redujeron progresivamente sus funciones. Aunque resistieron en muchos barrios, en 1978 el Ayuntamiento de Madrid decretó la supresión definitiva del servicio. Algunos serenos pasaron a trabajar como porteros o vigilantes privados de comunidades, pero el oficio desapareció de la escena pública.

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