En el momento en el que Guittens puso el 0-2 a favor del Dortmund se supo que solo había dos desenlaces posibles: o hecatombe o purificación. El gol sería el cariz de una derrota que confirmaba la crisis y hacía saltar las alarmas, o la oportunidad de una noche épica de resurrección sanadora. Había algunos detalles que permitían predecir por cuál de estos dos caminos avanzaría el curso de la Historia: un equipo de blanco, un balón con estrellas y el Santiago Bernabéu.
A las puertas del mes de noviembre, el Madrid sigue buscándose a sí mismo y el penúltimo intento de Ancelotti para encontrarlo ha sido el regreso al 4-3-3. Sin Camavinga ni Tchouaméni y con Rodrygo de vuelta en el once.
La puesta en escena fue buena: presión alta, control, fluidez, y una sucesión de córners y centros al área sin excesivo peligro. La imagen se convirtió pronto en un espejismo y el partido cayó en la habitual inanidad. El Dortmund empezó a jugar cada vez más cómodo y encontró el gol (29’) antes de empezar a crear verdadero peligro. Malen batió a Courtois después de una gran asistencia de Guirassy. Pocos minutos después, Guittens puso el 0-2 en una jugada que prometía menos de lo que fue.
Antes del descanso hubo un pequeño arreón del Madrid, pero el Destino puso a Fortuna (encarnada en poste) de por medio para no fastidiar el guion. Dos largueros en la misma jugada: primero Rodrygo y después Bellingham.
A pesar del resultado, Carletto no hizo cambios en el descanso y el final de la película le dio la razón. Los diez primeros minutos del segundo tiempo transcurrieron sin pena ni gloria y se hizo evidente que era el momento de tocar algo. Hacía falta un poco de rock and roll y Davide llamó a Camavinga. Pero antes de que el francés se terminara de vestir, sucedió el acontecimiento. Rüdiger cabeceó a gol (59’) un centro perfecto de Mbappé y confirmó el punto de no retorno. El principio de un final –del segundo posible– inevitable.
En lo que tardaron padre e hijo en redefinir los planes para este nuevo escenario, el viejo Modric levitó entre las líneas amarillas y filtró un pase vertical que, ya en pies de Mbappé frente al portero, fue punteado hacia Vinicius, que la empujó a placer (61’). Empate a dos y 30 minutos por delante que al Dortmund se le iban a hacer eternos. Aún psaron unos minutos (en los que Courtois tuvo que acudir al rescate) hasta que, por fin, salió Camavinga a relevar a Modric. Después del último servicio, al croata le habían empezado a languidecer las piernas.
El Madrid había encontrado un gran nivel. Con el Bernabéu ya entregado, empezaron a percibirse los signos propios del camino hacia la locura, tan natural en estas noches, en este estadio, pero la cordura era aún dominante. En un principio, el Dortmund fue capaz de sostenerse y aún hubo partido… Pero entonces Lucas hizo de héroe inesperado. Tras una carambola con el contrario, se internó en el área por la derecha y a falta de pase claro disparó con el alma a la escuadra (82’).
Aún faltaba casi todo. Vinicius, rey de la improvisación, aprovechó la demencia para regalar un final de gloria que ya venía calentando. Frente a esto, la apuesta de Sahin fue poner a Emre Can en el lateral derecho. Una decisión extraña con la que martirizó al pobre jugador. La primera vez que encimó a Vinicius se llevó un caño. Casi nada en comparación a lo que vendría unos minutos después.
En el 85’, con el Dortmund volcado, el brasileño cogió el balón pegado a la banda y con más de tres cuartos de campo por delante. No hubo forma de pararle, dejó atrás a los que le perseguían y eludió como si nada la presencia de los que le esperaban. Con el gol, el éxtasis de un estadio que coreó una verdad atronadora: “¡Balón de Oro, Vinicius Balón de Oro!”.
Por si las dudas, en el descuento completó el hat-trick con un gol aún más bonito (92’). Un amago hacia la derecha, un recorte seco hacia la izquierda y un trallazo con la zurda al primer palo.
El próximo lunes, el que sufrió la burla y el desprecio cuando era apenas un niño, será coronado como el mejor jugador del mundo.