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El bofetón, ¿abolición o extensión?

El bofetón, ¿abolición o extensión?

lunes 17 de diciembre de 2007, 00:00h
En estos días navideños -en los que además de tener tiempo y dinero para consumir en favor del equilibrio de nuestra economía también necesitamos paciencia y buen humor para escuchar las ingeniosas recomendaciones de los gobernantes para que pasemos del pollo al conejo como alimento para estas fiestas-, me viene a la cabeza la discusión sobre los métodos educativos. Sin saber que existía la posibilidad de reconocer como arma correctora de los comportamientos infantiles el cachete, el pescozón o la colleja, me entero de que la derecha española, junto a la vasca y catalana, se niega a la abolición del bofetón a los hijos en el Código Civil español.

Populares, convergentes y peneuvistas consideran que pegar a los niños, pero flojo como los ingleses, puede ser efectivo y no contraproducente para el que recibe cristianamente una hostia pedagógica, sin darse cuente de que puede convertirse en el primer maltrato. Parece claro que no es  una intromisión en la vida privada de las familias. Si prospera esta enmienda, se habrá reconocido la impotencia para educar desde la no violencia y será una mala noticia para los más pequeños, que sin duda tienen derechos reconocidos como seres humanos. Hasta la ONU se pronuncia en contra de este pequeño castigo que algunos  padres consideran más eficiente para imponer su autoridad que  ganársela a pulso con métodos similares a los que usarían con otros de sus semejantes que no son sus descendientes. Si es bueno y efectivo el bofetón, ¿por qué no se extiende a otro tipo de relaciones?

¿Por qué el sopapo que se da a un hijo es diferente al que se lanza contra la esposa, el empleado o contra todo el que esté, supuestamente, bajo nuestras órdenes? Hasta no hace mucho,  no sólo no era un delito pegar flojo a la esposa sino que daba al macho una superioridad que no tiene y que, entonces,  pocos negaban. Lo de castigar al empleado ya no se lleva y es considerado esclavitud, pero alguna que otra hostia perdida sí se la lleva algún trabajador protestón. La respuesta en forma de ataque físico leve -eso dicen los que lo practican- ante la desobediencia de sus hijos es un fracaso de los padres, más allá de que éstos, en su infancia, recibieran más de una galleta por no comerse todo lo que estaba en la mesa, contestar malamente o hacer una trastada. Si nos detenemos en pensar antes de dar el bofetón, quizá nos dé tiempo a parar la mano y desviar su recorrido.

Entonces se reforzaría la autoridad del padre y se descubriría un mundo desconocido, el de la persona a corregir, en este caso la infancia, que a su vez descubriría el poder de las palabras, los afectos y las caricias en su relación familiar. Y si se considera pedagógico abofetear al que está a nuestro cargo, extendamos este método hasta ese infinito en el que viven las mujeres, los empleados, los senescentes, los maestros y  ¿por qué no? los policías. Hacerlo sería una barbaridad, también con los niños. Ellos sabrán.
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