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Aquellos 18 de julio

miércoles 18 de julio de 2018, 09:38h

Hoy es 18 de julio, una fecha con las connotaciones políticas que todos conocemos, pero también con estampas populares que me vienen a la memoria desde el lejano recuerdo.

Situémonos en la España de los años 50, en la tardo postguerra civil, donde acababa de abolirse la cartilla de racionamiento; un país empobrecido y una sociedad deprimida y reprimida por la dictadura que se iba consolidando y amenazando con ser eterna. El 18 de julio estaba marcado en el calendario con el rojo de los días festivos, que curiosamente no cambiaron ese color por el azul. Al margen de otras consideraciones de mayor enjundia sobre el significado de esta festividad, el pueblo llano, es decir, el pueblo liso de suficiencia económica, lo celebraba por dos motivos fundamentales: porque se cobraba la paga extraordinaria instaurada por Franco para contentar a la clase obrera, y porque era día de fiesta, de asueto. Y esa jornada se aprovechaba para hacer una excepción: salir fuera de Madrid para pasar un día de pícnic, que entonces se llamaba de forma menos fina, de “merienda”. El lugar preferido por los madrileños era el río Alberche, a la búsqueda del baño, cuando aún las piscinas públicas no existían.

Iban los madrileños en manada, bien en vehículos privados, cuyo espacio era aprovechado al máximo, o en tren, arracimados en vagones tirados por locomotoras de vapor que dejaban una estela de humo a lo largo de su recorrido. Otro de los medios utilizados para desplazarse en ese día, eran los camiones, en cuya caja iban más de una docena de pasajeros, que a la voz de: “¡Cubrirse!”, extendían rápidamente sobre sus cabezas la lona del camión, para no ser advertidos al pasar por un retén de la guardia civil de carretera, ya que ese transporte ilegal, acarreaba severas multas. Llegados al punto de destino, se extendían las mantas y sobre ellas las cestas con la comida y las bebidas puestas a enfriar en barras de hielo. Día de fiesta y de baño, aunque no había 18 de julio que no se saldara con algún ahogamiento, propio de los hombres del secano que un día al año se enfrentaban a las aguas bravas de un río que se consideraba peligroso, y era al mismo tiempo, la fecha de mayor siniestralidad en las carreteras.

Y toda esta tradición, toda esta religión de una fecha clave, iría perdiendo fuerza, popularidad y seguimiento con el paso de los años, pero en el diccionario castizo de Madrid, en el argot popular, quedó el término “alberchero”, que definía al asiduo a pasar el 18 de julio en las inmediaciones del río Alberche.

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