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Marcelino Camacho: su sueño, sus amores y Madrid

Vivíamos estos días, hace siete años, inundados de sentimientos, recuerdos de luchas y entristecidos porque aquel 29 de octubre se nos había ido Marcelino Camacho. En una gris mañana de lluvia, rodeado de una multitud, acompañamos su cuerpo al Cementerio Civil, donde descansa cerca de “Pasionaria”, Julián Grimau, Pablo Iglesias, Largo Caballero…

Y hace dos años, como secretario general de las Comisiones Obreras de Madrid insistí ante Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, para que se cumpliera un compromiso verbal adquirido por mi predecesor, Javier López y el entonces alcalde, Alberto Ruiz-Gallardón, por el cual Marcelino Camacho fuera recordado dignamente en el callejero de Madrid.

A Carmena, aprovechando los cambios en el callejero le dije claramente: “queremos que en ese cambio de callejero, con la eliminación de los nombres de los fascistas, que una gran avenida lleve el nombre de Marcelino Camacho”. Finalmente, el pasado mes de abril, el Ayuntamiento de la capital dio luz verde al “Paseo Marcelino Camacho”, que sustituirá al Paseo Muñoz Grandes. Quiero creer que Marcelino tendrá su calle y que incluso, conjuntamente con el Ayuntamiento, se le rendirá el homenaje público que se merece.

Marcelino recibió en vida y tras su muerte el cariño de propios y adversarios, tal como dijo el triste 29 de octubre de 2010, el entonces secretario general de CCOO, Ignacio Fernández Toxo, “Marcelino era todo generosidad y por eso ha tenido el reconocimiento unánime de toda la sociedad española”.

Por su capilla ardiente desfilaron miles de trabajadoras y trabajadores agradecidos, pero también todo el espectro político, el Gobierno e incluso, a sabiendas del republicanismo de Marcelino, la jefatura del Estado en la persona del entonces príncipe Felipe.

Tal como recordó en aquellos días el presidente del Congreso de los Diputados, José Bono; y en los años duros, abogado de la acusación particular contra los asesinos de los abogados de Atocha: “Marcelino Camacho no es solo uno de los padres del sindicalismo español, si no un hombre clave de la democracia, de la Transición”.

Pero además Marcelino, tras su muerte, debe seguir siendo parte de esta ciudad, Madrid, que vivió y sufrió durante buena parte de su vida. Vecino del barrio de Carabanchel en una humilde casa que no contaba con ascensor, por lo que tuvo que abandonarla en los últimos tiempos junto a su inseparable Josefina.

Madrid fue, además, motor indispensable para arrancar las Comisiones Obreras. En medio del barrizal y el gris franquismo, en los finales de los años cincuenta, en Madrid empezaba a brotar la fuerza y la juventud de trabajadores que no habían vivido en sus carnes la guerra civil.

Tal como narra Marcelino en sus “Charlas en la prisión” (de obligada lectura para quien quiera entender algo de nuestro presente), “… la joven clase obrera nacida en Madrid y la procedente en gran parte del campo, de las provincias limítrofes y de Andalucía, se fogueaba a través de muchas y simples luchas de clase, avanzaba hacia su propia experiencia en el sentido de que era posible luchar y vencer, aun bajo el fascismo. Era natural que los trabajadores de Madrid, nuevo centro industrial, desarrollaran la nuevas formas del movimiento obrero, se pegaran al terreno (…) Así se fue fogueando un ejército entero, que había empezado por pequeños golpes de mano y terminó con grandes demostraciones de fuerza, con grandes batallas”. Ese Madrid en el que, como recientemente escribía Almudena Grandes “no había ni maketos, ni charnegos”.

Marcelino puso el cemento para que la base fundamental de CCOO fuera el binomio presión/negociación, concepto fundamental del moderno sindicalismo de clase en España y fuera de España. Marcelino, junto a los pioneros y pioneras de las Comisiones Obreras, tuvo la fuerza y capacidad de hacer del dialogo y la unidad el alma de CCOO. No era Marcelino hombre de puñetazos en la mesa. Era hombre de hablar, hablar y hablar.

Como rememora Nicolás Sartorius, recientemente vilipendiado por una nueva casta de indocumentados, el rasgo del carácter que destacaría de Marcelino sería el de “la aceptación natural de la crítica y la discrepancia. A diferencia de tantas organizaciones en las que llevar la contraria al jefe supone la marginación, en las CCOO de Marcelino, por el contrario, salían en la foto los que tenían personalidad y criterio propio, los que decían lo que pensaban”. Siempre recuerda Sartorius que cuando alguien, llevado de un impulso autoritario terminaba diciendo “esto se hace así y punto”, Camacho le interrumpía con un “compañero, de punto nada; en todo caso punto y coma”.

Marcelino supo lo que de verdad fue ser perseguido, ser un auténtico preso político con años de cárcel en la espalda. Marcelino moldeador de las Comisiones Obreras y afiliado desde su juventud al PCE, fue un hombre audaz y prudente, bueno, honesto, generoso, con guante de seda en puño de hierro. Marcelino, sabemos, tuvo un sueño: CCOO, y tres amores: su familia, su partido y su país. Nos dejó un legado enorme que debemos cuidar y una actitud que Josefina nos transmitió al confesar sus últimas palabras: “si uno se cae, se levanta inmediatamente y sigue adelante”.

Jaime Cedrún
Secretario General de CCOO de Madrid

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    7284 | Lola - 05/11/2017 @ 10:58:36 (GMT+1)
    Lluís Llach con su viaje a Itaca, sonando en la Puerta de Alcalá,... Muy bello tu artículo Jaime para un modelo de ser humano Gracias

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