Y es que en Madrid, al contrario de lo que escribían y cantaban Antonio Flores y Sabina, sí que hay sitio para todos, para todos y para todo. Puedes comer los mejores churros en San Ginés, pero también puedes encontrar un restaurante chino genuino y auténtico a los pies de la Plaza España.
Puedes ir a ver el Guernica al Museo Reina Sofía y tomarte un café con tu gato y otros gatos a principios de Argumosa. O convertirte en un alfarero experto en Malasaña, sentarte en la arena del Ojalá como si estuvieras en la playa, visitar la tienda especializada en mujer harmonymadrid.es y bajar toda la calle Alcalá e ir a dar un paseo en barca por el Retiro o, si eres una persona informada, participar en los continuos flashmobs que se organizan en sus jardines.
En Madrid hay sitio para todos. Para lo antiguo, para lo nuevo, para lo futurístico, lo misterioso. Puedes visitar el antiguo Palacio de Linares y revivir todas las historias de fantasmas que se contaban en los años 90; o puedes visitar el túnel casi secreto, vacío de trenes, que llega hasta la plaza Chamberí.
Madrid encierra secretos, pero también encierra ecos de años de la historia actual que hicieron que la capital se popularizase y la palabra movida fuera capaz de traspasar fronteras, con el Penta en primera línea, cantando a la Chica de Ayer de Antonio Vega.
Y Madrid, cómo no, también es los hermanos Alcázar. Quien vive en la capital o ha venido de visita los ha visto seguro. No dejan de despertar la curiosidad y es que forman parte de la ciudad, de la historia de la ciudad y de sus tradiciones, casi más que las fiestas de la Paloma, la Melonera, San Cayetano o el propio San Isidro.
Ver a estos dos hermanos recorriendo la calle Fuencarral hasta llegar a la puerta del Hotel Gran Vía, donde, en sus bajos, había estado durante muchos años Madrid Rock, es la clara señal de que en Madrid, el tiempo se para si sus actores quieren que se pare.
De hecho Madrid alberga algunos de los restaurantes más antiguos del mundo, como es el Restaurante Botín, que, aunque sea para verlo desde fuera, merece la pena ir.
Porque esta ciudad invivible, pero insustituible, como decían en la mandrágora, es la casa de todos, de tantos que el Ratoncito Pérez tuvo fijada su residencia, en una de las calles cercanas a la Iglesia de Santa Bárabara, se puede apreciar una placa conmemorativa. Y aquí pasaron también días, semanas, meses o años multitud de personajes que cambiaron el rumbo de la Historia, la literatura, la música o la vida, tal y como la hemos entendido siempre y que siguen haciéndolo. Madrid es una transformación continua.