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Enmienda a Gallardón

jueves 12 de marzo de 2015, 15:23h

Ni siquiera cuando carecen ya de motivos para pelear termina el conflicto entre Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón. La candidatura al Ayuntamiento de Madrid ha dado la oportunidad a la 'lideresa' de enmendarle de nuevo la plana a su excompañero, y eso que apenas lleva una semana.

La una dice que no pisará el palacio de Cibeles y que regresará a la Casa de la Villa para descartar administraciones megalómanas y volver a los orígenes del Ayuntamiento: una administración cercana a los ciudadanos. El otro dice que su excompañera no debe criticar la labor política ajena y que el PP ganará en Madrid aunque duda si gobernará. Botella, para no hacerse una autoenmienda, avala la transformación de la ciudad que hizo su mentor político.

Es loable que Aguirre quiera recuperar para el uso la Casa de la Villa como Ayuntamiento, aunque no es cierto que eso no vaya a tener coste, como ha manifestado. Para empezar, este edificio está en obras porque Botella lo está transformando en instituto municipal de formación. Es decir, si quisiese regresar, tendría que hacer importantes remodelaciones en el antiguo Consistorio. A ellas habría que sumar las obras para transformar el actual salón de plenos en algo útil y un plan de reconversión del patio de cristales en un lugar de uso público y no un espacio de alquiler para celebrar bodas, bautizos y comuniones; ya que, tal y como plantea Aguirre, gran parte del coste de Cibeles procede de acondicionar un espacio que antes era una calle.

Es comprensible que Ruiz-Gallardón defienda su gestión porque, en el fondo, salvo regreso inesperado (recordemos que dejaba de forma definitiva la política, aunque otras muchas veces amagó con hacer lo propio y luego siguió en el candelero), su trabajo en la Comunidad y el Ayuntamiento son su legado político. Y es lógico que Ana Botella apoye, aunque sin demasiada contundencia, a su excompañero porque ella ha sido parte de esa "transformación de la realidad" que tanto cacareó el exalcalde.

La realidad, vista con el paso del tiempo, es que Aguirre está aprovechando la racionalización de la administración que ha hecho Botella para tratar de abrirse paso en campaña y eso le lleva, inevitablemente, a seguir arreando a su enemigo político pasado, porque es el ejemplo que el PP tanto está criticando en estos momentos para salvar los muebles electorales. También es evidente que, más allá de las palabras amables, la actual alcaldesa le ha hecho una enmienda a la totalidad a su predecesor. Lo ha hecho para gestionar las miserias de la ciudad en un período de carestía brutal y porque la 'transformación' de Ruiz-Gallardón solo se sustentaba en un modelo económico en el que el dinero llovía del cielo o, más bien, brotaba de las plusvalías de la tierra, más que de un modelo económico basado en economía productiva y sostenible.

La enmienda de Botella se plasma en que casi todo lo que hizo el exalcalde ha sido consecuentemente racionalizado, privatizado, vendido a trozos o modificado. La Caja Mágica, el Centro Acuático, la parcela del Centro de Convenciones, el paseo del Prado, la operación Chamartín, la operación Campamento, los museos municipales, los teatros, la fiscalidad, las ordenanzas, los contratos integrales... Son iconos con los que el propio Grupo Popular y, en particular, los miembros de su antiguo equipo, se han ocupado de decirle al antiguo regidor que hizo cosas mal o, al menos, manifiestamente mejorables. Al contrario de lo que argumenta ahora Ruiz-Gallardón, fue él el que se empeñó en "transformar la realidad" de Madrid de esa manera y no los ciudadanos, a los que instaba a dar el paso hacia la "mayoría de edad política" cuando él gobernaba y tomaba decisiones. Debía de ser que entonces los madrileños no estaban preparados para entender lo que él hacía por ellos con sus propios impuestos.

A Ruiz-Gallardón solo le quedan dos cosas demasiado caras como para que a Botella le dé por desmontarlas. Una es Cibeles, una vergüenza urbanística de más de 500 millones sin más razón de ser que convertir en palacio la casa del pueblo, algo que nadie le pidió (tampoco al PSOE, que fue el primero que lo propuso). La segunda es una M-30 que, a pesar de la deuda, ha demostrado ser mejor que la anterior (aunque sigue teniendo los mismos atascos en hora punta) y ha transformado la vida de muchos distritos de la ciudad. Eso es lo único que nadie le puede quitar.

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