Hace apenas unos días un machote asesino se vengó de su expareja matando a uno de sus hijos de apenas dos años y dejó malherido a otro de menos de cinco. Ese triste suceso ocurrió en el madrileño barrio de Carabanchel. Ahora de nuevo el asesinato de género ha llegado a Villarejo de Salvanés, donde otro machote machista y criminal ha acabado con la vida de su expareja y de la pareja de su expareja, en presencia de sus hijos. La primera respuesta de todos, repulsa de los crímenes motivados por el odio que crece en el que considera que su mujer es de su propiedad y que todo está permitido porque él es el amo y señor de la situación y de la familia. También se produce un rechazo social generalizado ante el horror de la sangre y la pérdida de una vida. Pero ese mismo rechazo social no se produce ante situaciones que mantienen el concepto de desprecio hacia las mujeres.
No habría espacio para colocar a aquellos machos que engendran nuevas criaturas sin luego responsabilizarse de las necesidades de los nacidos, que comen, se visten y gastan en su manutención un dinero que sólo aporta la madre. Se conocen pocos casos de padres insolentes e irresponsables condenados por no cumplir con sus obligaciones legales. Surgen incluso casos protagonizados por mujeres, las nuevas de los incumplidores, que se solidarizan con su nuevo amor recomendando no pagar y que se joda. Todo ese potencial machista se recrea en la ceguera de los demás, aquellos que consideran que es "normal" que la "normalidad" de algunas parejas sea el escándalo, los gritos entre ellos y, por qué no, algo de dominio del macho que marca territorio. En definitiva, son sus cosas privadas de sus vidas privadas en momentos de tensión, dirían algunos, los mismos que nunca imaginarían tratos similares entre dos personas que se consideren iguales en derechos y obligaciones, con independencia de su relación afectiva.
Ver con normalidad algo que es aberrante por mucho que haya ocupado una buena parte de la historia de la humanidad es tanto como considerar que las cosas no pueden cambiar en el sentido de la igualdad entre hombres y mujeres. Con la corrupción pasa lo mismo que con el machismo y la violencia de género. Ambas existen desde hace tantos siglos que es imposible recordar el inicio real, y ambas son males de la actual democracia y todos decimos que queremos acabar con ellas. Se legisla y se ha avanzado porque hace unos años pegar a una mujer sólo estaba mal visto depende del lugar y la hora, y en la actualidad se ha reconocido por fin como delito algo que siempre debería haber estado penado. También es delito ser un corrupto declarado pero nadie se lo considera. Falta más reproche social de la corrupción, porque cada caso que se produce es un recorte más en los derechos de los demás, con independencia de las siglas de la camiseta del golfo metido a político. También es necesario un reproche social real no sólo de la violencia de género, que es evidente, sino también de todas aquellas actitudes machistas e irresponsables que dejan sola a la mujer en situaciones que son compartidas.