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Los músicos callejeros

Por Enrique Villalba
viernes 11 de octubre de 2013, 08:23h
Actualizado: 11/10/2013 08:29h

Dice el portavoz del Ayuntamiento de Madrid, José Enrique Núñez, que el decreto para regular a los músicos callejeros del centro busca una regulación del espacio público, no un Operación Triunfo para quedarse con los mejores. No deja claro qué clase de examen, solo que ha de verse la "vocación artística" de los que tocan en la calle. Cultura y urbanismo. Urbanismo y cultura. Dos términos que, a priori, no tienen relación pero que la guardan, aunque los políticos solo lo admitan cuando les interesa.

Cuando los periodistas preguntamos al concejal cómo se iba a medir esa vocación artística, respondía con vaguedades y no argumentaba quién iba a ser el que lo dictase ¿Será artista el que sepa tocar bien un instrumento? ¿O el que sepa tocar muchas canciones? Pues no se sabe porque es muy relativo, según él. Yo creo que para eso está la administración, para discernirlo.

A lo mejor es que, simplemente, eso no importa. A tenor de la siguiente declaración, parece que estoy en lo cierto: "Lo único que facultará el jurado es si los solicitantes están facultados o no para tener la autorización para tocar", continuaba Núñez. O sea, que ya no es música lo que se busca. Sumando dos más dos, a nadie se le escapa que los primeros que van a caerse del carro de la música van a ser los sin papeles. Y luego aquellos que piden de terraza en terraza, algo que el Ayuntamiento lleva buscando desde tiempo inmemorial sin éxito para quitarse de enmedio a estos colectivos, a los que, se considera, afean la imagen del centro y le privan de ser el escaparate que desean nuestros políticos y los sectores que se lucran del ocio.

Y al resto se les va a aplicar dónde y cuándo podrán tocar. Porque molestan al vecino y la circulación. Con una norma de este tipo en la mano, es tan fácil como mandarlos a donde no se vean y se mueran por falta de propinas, o reducir el número de permisos a voluntad hasta que no haya ni uno. Lo curioso es que a ellos se les aplican las mismas normas para no obstruir el paso que a las terrazas. La diferencia es que los músicos callejeros deben estar cada uno a 75 metros del otro y las terrazas a un mínimo de 2,5 metros entre sí, independientemente de que ambos generan ruido. Pero, ya se sabe, poderoso caballero es Don Dinero. Y mientras a unos se les recortan las posibilidades de ganarse la vida en la calle, a otros se les dan todas las facilidades. Son las dos varas de medir de un liberalismo económico mal entendido y de una mercantilización del espacio público que es el único asidero que tiene el Ayuntamiento para cuadrar cuentas.

No es el único ejemplo de relación entre el urbanismo y la cultura. También salió en la misma rueda de prensa la crisis de los cines de barrio. Núñez hablaba en este caso de que había reuniones con el sector para ver qué se podía hacer pero que la administración no puede hacer nada ante el cambio en las costumbres de consumo de cine de la población. Sin embargo, si no recuerdo mal, fue Álvarez del Manzano, y Núñez ya estaba allí cuando este alcalde gobernaba en Madrid, el que hizo un plan general de ordenación urbana que cambió los usos y fomentó los nuevos desarrollos con gigantescos centros comerciales donde están esas macrosalas de cine. Ahora todo el mundo reniega de ese estilo de urbanismo americano que ha provocado barrios sin equipamientos, un comercio de barrio machacado y la crisis de muchos de estos centros porque, como no se calculó bien el planeamiento, hay demasiados para tan poca demanda ciudadana. Es decir, que la administración sí que interviene para fomentar un tipo de actividad u otra. O sea, que no vale eso de que el mercado se ha autorregulado solo, porque ha habido un 'empujoncito' para fomentar a unos frente a otros. Y eso supone acabar con el único atisbo de cine alternativo que había en la ciudad. Quizás es que los hábitos de consumo de la población han cambiado y nadie quiere ver otros títulos que no sean los cuatro éxitos del cine palomitas, muy respetable en todo caso. O quizás es que con el urbanismo se quiere homogeneizar la cultura que interesa y descartar la que no.

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