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El trabuco de Luis Candelas

miércoles 24 de julio de 2013, 20:36h

Partiendo del madrileño Mercado de San Miguel y cruzando diagonalmente la Plaza Mayor se llega al Arco de Cuchilleros. De allí parte la escalinata que atraviesa el torreón cuadrangular levantado para cerrar una de las cuatro esquinas de este recinto soportalado. Basta con bajar cuidadosamente los escalones del noble cobertizo para situarse en el barrio de La Latina. Desde hace muchísimos años, más de los que yo quisiera, un figurante ataviado de bandolero guarda las puertas de la taberna de Luis Candelas. Se toca con un sobrero calañés encasquetado sobre un colorido pañuelo y va engalanado con chaleco de paño, faja roja, calzón de pana y vetustos zapatones. Entre las manos aprieta un trabuco amenazador. Mirándole fijamente, pensé que esa escopeta de juguete bien pudiera convertirse en el símbolo de Madrid y de la Comunidad del mismo nombre, jubilando definitivamente al Oso y a su Madroño y a las estrellitas de nuestra bandera regional. El hombre, un tanto sorprendido por la reiterada observación de la que era objeto, me dijo: "aquí se come el mejor cordero de todo Madrid". "Eso me han dicho"- contesté -.

Este guardián del buen comer, hierático y orgulloso como los soldaditos de Buckingham Palace, es un vestigio vivo de lo que fue aquel Madrid. Permanece resucitado en un lugar castizo y entrañable que alberga posadas y mesones hasta bien entrado el siglo XIX. Todavía hoy permanecen abiertos algunos locales de entonces, aunque se hayan transformado en un reclamo turístico más de la Villa y Corte. Cuentan que por sus calles y plazas circulaban arrieros mesetarios, caballerías cargadas hasta las orejas, comerciantes sin licencia, putas ruidosas y risueñas, ilustrados sin una perra gorda en el bolsillo, nobles casquivanos y gentes de mal vivir. Por aquellos años, uno de los personajes más populares y perseguidos se llamaba Luis Candelas. Este hombre nació en una carpintería de la calle Calvario en 1804 y fue el tercero de los hijos de una familia acomodada. Cursó estudios en el Colegio de San Isidro y los abandonó tempranamente para dedicarse a trabajos más lucrativos. Mujeriego, culto y cultivado, duelista, apuesto y libertino, hizo fortuna asaltando y robando con una maestría incomparable. Por el día se comportaba como un rico hacendado y por la noche acumulaba fechorías. Fue capturado cuando pretendía refugiarse en Inglaterra y ajusticiado a garrote en 1837. Fue entonces cuando se convirtió en una leyenda madrileña.

El bandolerismo decimonónico, fuerza esencial en las partidas armadas que diezmaron al ejército napoleónico en nuestra Guerra de La Independencia, desapareció como tantas otras realidades de la España romántica que tanto admiraban los músicos y escritores europeos, ajenos seguramente a la tragedia que aquí se vivía. El trabuco, sin embargo, continúa en la memoria popular y de él se habla cuando se nos presenta al cobro una factura desorbitada. Vivimos tiempos de "trabucazos" y apenas nos llega el sueldo para tanto como nos piden. Fuego graneado de catastrazos, tasas de la basura, tarifas de los transportes públicos repetidamente incrementadas, arbitrios incontables por todo lo que hacemos y servicios sociales que antes sufragaba la caja pública y ahora mantenemos los ciudadanos. Por si todo esto no fuera suficiente, se nos pretende subir la educación universitaria un sesenta por ciento en poco más de un año. Lo dicho: hagamos del trabuco nuestra seña de identidad y dedíquese una de las grandes avenidas a don Luis Candelas.

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