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Nino Olmeda.
Nino Olmeda.

30 años de Asamblea exigen cambios

miércoles 26 de junio de 2013, 12:05h

La Asamblea de Madrid, que nació hace 30 años, contaba en 1983 con 101 diputados y controlaba un presupuesto regional que superaba por poco los 300.000 millones de pesetas. La Comunidad, que ahora cuenta con más de 17.000 millones de euros, tenía escasas competencias y era lógico que su Parlamento trabajase en unas condiciones y con unas normas adecuadas a los años de su puesta en marcha. El viejo Caserón de San Bernardo, cedido por la Universidad Complutense, reunía a los 101 'dálmatas' de la política madrileña en la planta alta, junto a la cafetería, y reservaba en la parte baja un pequeño habitáculo para periodistas, junto a la sala de comisiones.

Los grupos parlamentarios tenían su sede en la calle Princesa, por lo que había que andar hasta la Plaza España para estar en contacto con los diputados cuando no había sesiones parlamentarias. Todo era de otra manera, las estrecheces hacían todo más cercano y más humano, menos moderno y sin tantos asesores de imagen y semejanza, protocolos, burocracias y demás parafernalias que rodean hoy la Asamblea, en Vallecas desde hace unos 15 años y ahora con 129 parlamentarios, con edificios funcionales e inteligentes en los que se pasa mucho frío o mucho calor dependiendo de la inteligencia del aparato que regula el aire acondicionado o la calefacción.

En la antigua sede de San Bernardo había pocos despachos, que eran poco espaciosos, y en el Salón de Plenos estábamos juntos plumillas y diputados, que cobraban por asistencia a actos parlamentarios. Los debates entre el socialista Joaquín Leguina y el popular Alberto Ruiz-Gallardón merecían la pena, y las charlas entre todos después de los plenos, en la cafetería, eran memorables y se alargaban más de la cuenta, en algunas ocasiones, entre risas, palabras y algo de alcohol. Ahora, en Vallecas todo es más moderno, son más diputados, que están bien recogidos en sus despachos, uno por cabeza, pero la anchura de las construcciones deja poco espacio para la cercanía. Se sienten importantes, líderes de sí mismos y fieles seguidores de los que les ponen en las listas o en el listado de asesores o les mantienen en ese limbo de la felicidad partitocrática.

Han modernizado las estructuras y los edificios pero las reglas de juego siguen intocables. Son incapaces de entender que la tribuna de invitados casi siempre está vacía, excepto cuando cada grupo invita a alguien para lucirse y ser aplaudido, porque lo que separa la institución de la calle es mayor de lo que ellos piensan. Los problemas de los ciudadanos tardan en llegar porque el reglamento es poco ágil y porque los partidos suelen preguntar en clave de lucimiento o de sus cosas en relación a las cosas del gobierno de turno. Nadie entiende por qué Telemadrid no emite en directo las preguntas que cada portavoz parlamentario hace al presidente o presidenta de turno, pero sin intérpretes ni intermediarios, dejando el sonido abierto a lo que dicen los que hablan. De esta manera, Telemadrid serviría para algo más que para el adoctrinamiento y los ciudadanos verían y oirían en directo lo que preguntan y responden sus representantes. Tampoco entiende nadie que los plenos terminen en algunas ocasiones al día siguiente de su inicio, y es incomprensible que no haya más que una sesión semanal y que los periodos hábiles nada tengan que ver con el calendario laboral del resto de madrileños. También es difícil de entender que no se hayan puesto de acuerdo a la hora de ofrecer su solidaridad con los afectados por todo tipo de recortes, recortando el número de diputados.

El PP ofreció reducir a la mitad el hemiciclo y los demás, encantados de que se les pusiese en bandeja la posibilidad de rechazar una cifra cerrada, pasaron de todo. Ahora han decidido crear una comisión de estudio sobre una posible reforma de la Ley Electoral de la Comunidad de Madrid. El PP quiere que se trabaje en periodo inhábil, en julio. Es un buen momento para abordar cuestiones como el porcentaje mínimo para tener representación, que podría pasar del 5% al 3%; la elaboración de las listas electorales, a dedo o con la participación de militantes y simpatizantes; la posibilidad de que el votante mueva las candidaturas con su decisión y elija más directamente al que quiere colocar en el Parlamento, que debería modernizar sus normas para impedir que los oradores suban al estrado con el discurso escrito e inamovible, ¡como mucho cuatro notas y un subrayado!, y que muevan sus labios para leer textos de otros, y para eliminar las preguntas de peloteo que suelen hacer los miembros del partido que gobierna. Sería, sin duda, un buen regalo de cumpleaños que los grupos políticos aprobasen unas nuevas reglas de juego en la Asamblea de Madrid, para que los ciudadanos sintamos como algo nuestro lo que sucede en su interior, ya que en Vallecas se decide lo que nos pasa a diario: aquello que convierte nuestras vidas en un infierno o en algo que merece la pena conservar, mejorar y ser vivido.

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