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Los negocios de la muerte

Los negocios de la muerte

jueves 12 de julio de 2007, 00:00h

Casi todo es imaginable en estos tiempos tan modernos por lo que tienen de  espectáculo, incluso la presencia del negocio puro y duro, fruto no de la libertad de mercado sino de la poca vergüenza de algunos mercaderes. El negocio es el negocio, incluso cuando los potenciales clientes son personas cubiertas de dolor y lágrimas y el trueque se desarrolla en la entrada de un velatorio, al que llegas sin voz ni tono después de haber fallecido tu padre tres horas antes.

Lo que cuento no me lo ha contado un enemigo de los que hacen negocio lícito con los productos propios de un funeral, lo he vivido yo en primera persona. El
lugar: una sala del Tanatorio Sur. Acababa de llegar y estaba a la espera de que abriesen  la puerta de la sala, bien equipada para estos momentos tristes y duros. La persona que debía ir con la llave en la mano no acudía y en su lugar se presentó un caballero bien arreglado con maletín de ejecutivo en una mano y en la otra, un fajo de folletos con sus productos.

Educadamente se presentó diciendo que no trabajaba en este tanatorio y que tenía ofertas sabrosas de flores para muertos y otros servicios. Decía  tener precios mucho más bajos que los ofrecidos por la empresa que gestiona el tanatorio en el que pasó sus últimas horas mi progenitor, Paco, quien, como repetía mi madre sin parar, se habría alegrado de levantar durante unos segundos la cabeza y ver cuantas coronas le protegían del frío de la noche y que una bella bandera tricolor se giraba pare verle y recordarle que su enseña no podía faltar en tan duro trance.

Más allá del duelo, lo más parecido a eso pasillos tan largos con tantas salas fúnebres es  una gran discoteca, sin música, con muchas barras para servir a los vivos. El servicio de catering, que incluye  todo lo que pidas y pagues, excelente. Refrescos, colas, cervezas sin alcohol  y con él, bocatas y sanwhiches; todo lo necesario para apagar el dolor como en aquellos tiempos en los que se repartían dulces y anises  en las casas de los finados. Hoy como ayer, pero haciendo negocio.

Con las flores que se lucen o con las almas que se van, por parte de algunos curas que se creen con  la misma autoridad que en los tiempos en los que el Estado y la Iglesia eran uña y carne.

Aunque hay de todo, como en botica, a  mi me tocó un sacerdote -éste sí venía de parte de este tanatorio- que llegó regañando a todos los presentes, incluso a  mi padre de cuerpo presente, preguntando si el del ataúd abierto era “creyente de verdad o más o menos”, molestándose por elegir la incineración al entierro tradicional y preguntando en voz alta qué hace la bandera de la II República donde supuestamente debería estar visible un crucifijo.

Supongo que este cura formaría parte del gran negocio de la muerte. Unos se lo llevan con las flores y otros con el hisopo. Afortunadamente, no todos los mercaderes son tan buitres ni todos los curas, tan desagradables.

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