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Tres años creciendo centímetro a Metro

Tres años creciendo centímetro a Metro

El suburbano de Madrid, visto por los ojos de un niño

sábado 30 de junio de 2007, 00:00h
Diego lleva tres años creciendo. El Metro de Madrid, casi un siglo. Diego lo hace centímetro a centímetro, el Metro, a kilómetros. Cada día, Diego se cuela en sus entrañas  y contempla lo que los adultos no alcanzan a ver: un mundo de serpientes, cielos negros y vagones "enfilados", en el que ir de una estación a otra es mucho más que desplazarse. Así ven los ojos de un niño el Metro madrileño.

Diego observa desde la ventanilla el exterior del vagónDesde hace unos meses, Diego no quiere oír hablar de otro transporte que no sea el suburbano. Ni el coche de papá ni los autobuses rojos. Para ir al cole, prefiere los túneles, el traqueteo y hasta los empujones del Metro. Todo para contemplar con fascinación desde sus ojos de niño lo que para los adultos es un simple medio para desplazarse.

Lo que más le extraña es que nunca tiene que pagar, a pesar de que su mamá se enfada mucho cuando la gente se cuela. Pero hasta que cumpla cuatro podrá disfrutar de viajar gratis por las entrañas de Madrid. El premio por levantarse cada día es ir en Metro, el premio por querer ir al cole de buena gana es llegar hasta él en Metro. El premio por portarse bien es una 'chuche', y decir adiós al metro. Tanta pasión sólo se se puede comprender desde Curiosea para saber qué pasa dentro de las taquillas de Sainz de Barandaesa mentalidad infantil que pasa por el cristal de la imaginación todo lo que ve, tamizando lo incómodo y convirtiendo lo real en fantasía.

 Para Diego el Metro no tiene techo, sino cielo, un "cielo negro" en el que, inexplicablemente, nunca llueve. De ese 'cielo' cuelgan unas "cuerdas", la catenaria, que permite a los trenes desplazarse sin echar humo. Porque Diego sabe muy bien que éstos no son como el del cuento de Teo: no llevan carbón. Cuando aparece con sus ojos iluminados por la boca del túnel espera con ilusión que sea uno de esos metros nuevos, "diferente", dice él, de vagones "enfilados" y que se "doblan" en las curvas "como el regaliz", algo que no es frecuente en la línea 6, esa de la rosquilla y el palote para arriba.

Siempre pide ir a saludar al conductorAsomado a la ventanilla del vagón curiosea qué puede haber más allá de la oscuridad del túnel por el que circula el metro. Una luz, un cable, un operario, una parada a destiempo le bastan para descargar toda su artillería de preguntas. "¿Por qué paramos?" "¿Qué es esa luz?" "¿Qué suena, mamá?". Y a la cuestión, una respuesta que no le deja, ni mucho menos, satisfecho, porque la volverá a formular mañana. Su parada es la número dos, "la mía, la que se llama como yo", dice, a punto de llegar a Diego de León. La "serpiente" traquetea por los vanos que tan intrigado tienen a Diego, a quien no le importan los empujones, el calor o las esperas. Ya en el andén vuelve a pedir: "Mamá, vamos a decirle hola al conductor". Y el pequeño 'metronauta' arrastra a su madre hasta "la locomotora" donde, si hay suerte, el conductor abre la puerta y A Diego no le importa ir entre empujoneshasta toca el silbato. Es momento de despedidas y como cada día el niño saluda con su mano mientras la fila de vagones se aleja y desaparece. "¿Ese va a volver?", pregunta extrañado,  y un segundo después olvida al que se fue para dar la bienvenida al que se detiene en el andén de enfrente.

Cuando toca ir a otra estación la fiesta está asegurada, sobre todo en las nuevas o remozadas, como ha ocurrido esta vez en Nuevos Ministerios. Allí corre por los pasillos, sube en el ascensor y se divierte viendo cómo se abren y cierran las pequeñas puertas transparentes al paso de los viajeros. "Mira, éstas no dan vueltas, hacen así, como una boca", mientras junta y separa a sus manos recordando los tornos de entrada de algunas otras estaciones. Aquí todo es inmenso, el techo infinito y los espacios, estupendos para perderse. "Anda, ya no están los señores en las paredes", dice, recordando los rostros de los carteles electorales que le han acompañado a lo laSaluda a un convoy en Nuevos Ministeriosrgo del mes de mayo. Va a la línea "blue", dice, presumiendo de sus progresos en inglés, y cuando su madre le explica que es la 10, recuerda a su primo mayor. "¡Es la de los años de Pablo, vamos a la línea de Pablo, mamá!". Y mientras corre para tratar de no perder el tren ríe pensando en la boca de dragón que escupirá otro metro, "¡Ojalá sea uno "diferente!, ojalá sea uno grande y azul, de los que se doblan como un chicle!".

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