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?Cultura en tiempos de crisis?

martes 07 de mayo de 2013, 00:00h
En 1934, el psicólogo suizo Jean Piaget escribió que "sólo la educación es capaz de salvar a nuestras sociedades de un posible colapso, sea violento o gradual". Pero hoy, ochenta años después, la pregunta es si nuestras sociedades no están necesitando, precisamente, un colapso, un replanteamiento, una regeneración, sea violenta o gradual. Porque, ¿qué le sucede a una sociedad cuando ya no cree en los pilares que la han sostenido hasta entonces? ¿Y por dónde empezar la revuelta?

Hoy, muchos españoles se están formulando preguntas referidas al empleo, la vivienda, la sanidad y la educación. Y si no se preguntan por la cultura es porque el poder se empeña en presentarla como un adorno subsidiario y prescindible respecto a las primeras necesidades, en algo que, llegado el caso, sería recuperable. Así, erróneamente, se niega la necesidad de presupuestos públicos para la cultura.

Desde una perspectiva utilitarista puede entenderse que, agobiados por otros problemas, los españoles se desentiendan de la cultura. La subida del IVA, el más alto de Europa, han convertido al cine, el teatro y el arte en un lujo reservado para una noche de celebración, mientras los padres asumen que sus hijos no visiten museos ni tengan actividades extraescolares, suprimidas por los colegios. En consecuencia, las ofertas culturales y la formación permanente son cada día más caras porque se ha decidido que el usuario pague la totalidad del servicio, incluso las infraestructuras y el mantenimiento de los edificios públicos en los que se imparten cursos y talleres. A todas luces se asiste a un error básico, de consecuencias nefastas, pero es difícil enfrentarse a esta idea, por lo que no es extraño que muchos de nuestros creadores ya tengan un pie puesto en América Latina, en donde se dice que hay trabajo para profesionales de la cultura.

Ya no extraña a nadie que el funeral se celebre en el mismo año de “Lo imposible”, “Blancanieves”, “El artista y la modelo” y “Grupo 7”, paradójicamente disfrutadas masivamente por los piratas desde el barco de sus ordenadores. Así las cosas, de los cines sólo nos queda ver cómo retiran sus butacas y los transforman en una cadena de tiendas de ropa o una franquicia de cafeterías, que también podrían invadir pronto a las librerías. La venta de libros ha caído el año pasado en picado y sus precios han lanzado a los lectores a las bibliotecas públicas o al ordenador de su barco, donde tampoco pagan por sus lecturas. En cuanto a los libros electrónicos, parecen seguir el mismo camino del cine y la música.

La asistencia al teatro ha descendido un 32 % y, teniendo en cuenta que ya sólo se paga a las compañías un porcentaje rácano de la recaudación de taquilla, es fácil imaginar lo difícil que es embarcarse en un proyecto teatral. Por ello, muchos creadores bajan los brazos y otros luchan por inventar ofertas “de supervivencia”, como los microteatros, las actuaciones musicales en salas pequeñas y en casas particulares. Pero esa idea romántica del mundo no basta para mantener una oferta cultural ni el empleo de una industria que representa el 4% del PIB de España y el 9 % en Madrid.

¿Importa que, con todo ello, nuestra formación como país se desplome? No. Los adolescentes tienen un dominio de la tecnología inimaginable para la generación anterior, pero carecen de curiosidad porque nadie les demuestra pasión por nuestra cultura; nadie les ha iniciado en una formación permanente que les permita entender mejor el mundo, forjarse un criterio propio y participar en el universo creativo del que forman parte. Nadie explica que España es Cervantes, Velázquez, Goya, Picasso, Valle Inclán y García Lorca; que España es Berlanga, Buñuel, Trueba, Almodóvar; que España es Alejandro Sanz, Chema Madoz y García-Alix. No. Hoy el español no tiene quien le escriba.

¿Marca España? ¿Qué marca, si se ignora nuestra cultura, lo que fuimos y lo que somos? Perderla, perder la capacidad de encontrar relevos, la capacidad de crear y el interés por nuestra propia creación es llegar al empobrecimiento cultural. Y ese tiempo está cerca.

“La cultura es un saber del que no tiene uno que acordarse, fluye espontáneamente”, decía Diógenes. Pero hoy ese saber se ha desmantelado y se está quedando en las brasas; es preciso impulsarla antes de que sea ceniza. La respuesta, ante la crisis, es que hay que invertir en Cultura para que sigamos en el lugar del mundo que hemos venido ocupando. Porque la oscuridad creativa nos hará desaparecer como un país de progreso. La respuesta es seguir desarrollándonos, interna y externamente.
Pero ese no es el camino que está tomando España. Ignorar que la cultura es necesaria en tiempos de crisis es desconocer que, a más cultura, mayor es la capacidad de crear empleos y fortalecer una industria, que tanta falta hace. Sin cultura perdemos identidad, perdemos formación y perdemos imagen. Apostar por formación es apostar por desarrollo; y abandonar las industrias culturales es abandonar una de las pocas que no sólo se podrían salvarse sino que ayudan a salvar el tejido industrial cada vez más inexistente en este país. Sin cultura, nos perdemos.

¿Qué puede sostener a una sociedad  que ya no cree en los pilares que la han sostenido hasta ahora? ¿Y por dónde empezar el cambio? Por una concepción de su esencia que impida temer el colapso, por una visión certera del horizonte, por una idea de futuro, por un ideal: la Cultura.

Ana García D’Atri.
Concejal del Grupo Socialista en el Ayuntamiento de Madrid.
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