Escraches
sábado 06 de abril de 2013, 00:00h
Actualizado: 17/04/2013 20:39h
Dice el diccionario de la Real Academia de la Lengua que “escrache” es una voz que en Argentina y Uruguay se utiliza con el significado de “romper, destruir, aplastar”. De momento, no hay daños físicos en estas incursiones –que en castellano viejo tendrían otras muchas definiciones-. Pero son un mal síntoma. Sobre todo, por la indiferencia general con que se acogen: la ciudadanía ha llegado al punto de no asombrarse por nada, de no indignarse ya casi, acostumbrados por el día a día a desayunarnos con escándalos mayúsculos que parecen, siempre, insuperables y que terminan siendo, para desgracia nuestra, sobrepasados por otros aún mayores.
Volviendo al inicio, no me gustan los escraches. No dejan de ser una forma de extorsión, amenazas y amedrantamiento, en aquel ámbito en que uno es más frágil –su domicilio- y donde están, además, otras personas ajenas casi siempre a la actividad laboral del político de turno, como su cónyuge, sus padres o sus hijos. Inocentes, sobre todo estos últimos, de los malos pasos que puedan haber dado sus padres. Creo firmemente que hay otros cauces para denunciar lo que nos parezca incorrecto, otra manera de expulsar a los políticos de sus cómodos despachos, de hacerlos ver la realidad de la calle.
No me gustan los salvadores de ningún tipo; tampoco los que se adjudican el papel de justicieros, y deciden a quíen y cuándo hay que perseguir o abuchear. Existen partidos, elecciones, asociaciones, entidades ciudadanas, fórmulas jurídicas, y si no son útiles o se demuestran estériles, movamos a su cambio. Pero no por la calle de en medio; para eso no nos dotamos, hace ya casi 40 años, de una democracia.