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El hijo del acordeonista: al final, la amistad

lunes 25 de marzo de 2013, 00:00h
Actualizado: 26/03/2013 17:34h
El Centro Dramático Nacional presenta hasta el 7 de abril, en el teatro Valle Inclán, la adaptación teatral de “El hijo del acordeonista”. Un texto de Bernardo Atxaga adaptado por Patxo Tellería y dirigido por Fernando Bernués. Obaba se materializa en escena y nos muestra su mundo oculto de rencores, amores, amistades y traiciones.
Hay, en primer lugar, un hermoso lenguaje de Atxaga, lo que en estos tiempos se agradece profundamente. Después, una puesta en escena muy funcional y luminosa que nos permite trasladarnos continuamente desde un hospital norteamericano a un zulo de Obaba. Esa luz, ese ambiente rural y de verbena parece idílico pero sabemos que hay una realidad mucho más sórdida debajo. Y unos intérpretes perfectamente encajados en sus personajes que demuestran el largo rodaje que tiene esta producción invitada.

Podríamos salir del teatro con una sensación de amargura, de incomodidad, porque la historia es tremenda. El eje es una supuesta traición del protagonista que le obligó a exiliarse en USA. Rompió con su familia, su posible futura esposa, sus amigos de la infancia… y, como tantos miles de vascos, se fue de su tierra. Lo echaron. En escena tenemos constantes saltos de tiempo, bien resueltos. Incluso en las situaciones más violencias, el director evita recrearse en el drama. El hijo del acordeonista del pequeño pueblo son tres actores, aunque el peso lo lleve quien encarna la época juvenil, Aitor Beltrán. Él y su amigo Joseba acaban en una célula terrorista a principio de los setenta. De ETA no se habla en escena, pero todos sabemos que está ahí. En un momento decisivo se produce la supuesta traición. Solo al final sabremos la verdad de lo que sucedió pero ya solo servirá para la reconciliación individual. Me temo, como espectador, que a una parte de esa sociedad opresora, la verdad le tiene sin cuidado. Pero a nosotros nos queda la emoción de ver dos formidable seres humanos a los que la vida separó dolorosa, violentamente, aunque no ha podido olvidarse el uno del otro.

El espectáculo se ve con interés y, en muchos momentos, con emoción. La música del acordeón siempre está ahí. Los propios instrumentos son el mobiliario de escena. Hay imágenes fugaces –la quema del hotel, el entierro de la madre- muy potentes. Quizá en algún momento el ritmo teatral se ralentiza y lastra algunas escenas. Me hubiera gustado que la tensión creciera más marcadamente. Pero en la paupérrima cartelera teatral madrileña de esta semana, “El hijo del acordeonista” es una producción muy recomendable.
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