A grandes males, grandes remedios
miércoles 02 de enero de 2013, 00:00h
Actualizado: 16/01/2013 14:57h
Este dicho popular que titula el artículo, tan fulminante como radical, podría aplicarse a los planteamientos de ciertos dirigentes del Partido Popular, algunos de ellos con importantes cargos políticos y gubernamentales, partidarios de modificar los reglamentos que regulan el derecho a manifestarse y la facultad de organizar y participar en una huelga.
Se trataría, según parece, de parar cuando se estime necesario, hasta ahí podíamos llegar, pero parar solo un ratito, procurando que nadie se vea afectado y que se haga lo menos posible. En el tan repetido episodio de las manifestaciones, habría que reunirse en itinerarios alternativos, lejos de las vías principales y de las sedes oficiales, en días alternos y sin coincidir con la hora punta. Podría habilitarse incluso algún lugar abierto y sombreado, amplio y seguro, donde los manifestantes se concentraran sin trabas administrativas, bien pertrechados de silbatos, bocinas acústicas, banderolas y pancartas. Así no molestarían a nadie, ni entorpecerían el tráfico rodado.
Las gotas de ironía con las que pretendo analizar tantas propuestas improvisadas no deben dulcificar lo que se viene preparando. Ciertos personajes están tocando ya el corazón mismo de nuestro sistema de libertades y tales manoseos son muy peligrosos. Desde que se aprobara la Constitución y el Estatuto de los Trabajadores, se han tramitado cuatro reformas laborales y poco queda ya de la legislación franquista que blindaba individualmente al empleado. Aquellas leyes, paternalistas y embaucadoras, buscaban compensar la abolición de todos los derechos colectivos de la clase trabajadora y la persecución implacable de sus sindicatos. Franco levantó un tinglado fascistoide, lo llamó Organización Sindical, y decretó la paz social. Despedir a un trabajador resultaba prácticamente imposible, pero aquellos que se afiliaban en la clandestinidad o secundaban una huelga acababan fichados o proscritos. La farsa se representó durante cuarenta años y acabó, como tantos otros inventos, con la muerte del dictador. Es muy posible que tengamos que modificar algunas reglas del juego, pero no parece que este sea el momento de plantearlo públicamente. Los afectados podrían pensar que se les niega ahora el último recurso que les queda: el recurso del pataleo.
Circulan por este país gentes revolucionadas e inquietas, que se apuntan a la tarea de hacer tabla rasa de todo aquellos que funcionaba hasta ahora, como si los males diagnosticados se hubieran incubado en las estructuras levantadas con tanto esfuerzo y no fueran una consecuencia más de la crisis del capitalismo financiero y de nuestra particular burbuja inmobiliaria. Ahora que ya vienen los Reyes Magos caminito de Belén, yo recomendaría a tantos gestores impacientes y molestos con la ciudadanía que protesta, que se pidieran un cajón enorme repleto de playmobils. Con estos muñequitos se puede jugar a lo que uno quiera y guardarles después en el armario. No dicen ni pío. A grandes males, grandes remedios.