lunes 01 de octubre de 2012, 00:00h
Actualizado: 16/10/2012 14:49h
Propongo que la ciudad de Madrid levante un monumento al conductor madrileño, mártir de los sindicatos en las huelgas en el transporte público, héroe en la supervivencia a 14 manifestaciones diarias que le ponen una trampa a la movilidad, difícil de eludir. Un monumento, por favor, a los conductores madrileños y a los que vienen de paso, pero sobre todo a los de aquí, que pagamos un impuesto de circulación por no poder circular libremente, por ser rehenes de caprichos sindicales que montan paros en el transporte público en dos medios distintos, Metro y autobuses, el mismo día, y además en viernes, el pasado, por tercera semana consecutiva, convencidos los convocantes de que es el día de la semana en que más daño se puede causar a la mayoría y si encima la lluvia es una aliada, redondo les salió el plan a los trabajadores del Metro y de los autobuses, que hicieron la pascua al resto de trabajadores y que seguramente se lavarán las manos y dirán que no es culpa de ellos.
El madrileño paga el impuesto de circulación para no poder circular, paga la gasolina a precio de aceite virgen extra, consume nervios en los continuos atascos y no muere en el intento. Un monumento, por favor.
El pasado viernes se produjo el mayor caos de tráfico que he conocido en Madrid y en la mayoría de las carreteras de la Comunidad. Paros en Metro y autobuses de la EMT, lluvia en abundancia, como hace mucho no veíamos, último viernes de mes que equivalía a paga mensual recién cobrada y dinero fresco en la cartera para acudir a repostar, y luego están las cosas mal hechas, que se manifiestan en estas situaciones: pasos subterráneos que se inundan y obligan a su cierre al tráfico, como el de Santa María de la Cabeza, o los flamantes de la M-30, carreteras embalsadas, en fin, un caos. Madrid agoniza un día asfixiada por la contaminación y la sequía, y al siguiente, perece ahogada.
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Cronista Oficial de Madrid y Getafe
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