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¿Quién teme a Virginia Woolf?: ¿fantasía o realidad?

¿Quién teme a Virginia Woolf?: ¿fantasía o realidad?

miércoles 19 de septiembre de 2012, 00:00h
Actualizado: 23/09/2012 19:22h
Este drama teatral, escrito por Edward Albee en 1962, llegó por primera vez a España con Mari Carrillo y Enrique Diosdado en 1966. No se repondría hasta el 2000, esa vez con Nuria Espert y Adolfo Marsillach, en la que sería su última actuación. Ahora, para una breve temporada, llega a La Latina.
En realidad Albee no ha sido muy repuesto en España, salvo 'Historias del zoo'. Sus argumentos tremebundos no debían atraer en su tiempo a los productores –o a la censura- así que se estrenaban y nunca más. 'Todo en el jardín', por ejemplo, fue un éxito enorme en 1970 y un fracaso en 2003. Su último estreno ha sido 'La cabra' (2005), de trama muy “normal” también.

Hay que comenzar explicando el porqué de un título que no tiene nada que ver con la escritora. Es un juego de palabras entre la versión inglesa de '¿Quién teme al lobo feroz?' —Who is afraid to the fierce wolf?— y una broma que se suponen hacen los asistentes a la fiesta que desencadena la acción de esta obra. Aprovechando la similitud fonética cantan: Who's afraid of Virginia Woolf? Por lo visto durante la función, el chistecillo les hace mucha gracia y al autor le sirvió para el título.

Pero este es un drama sobre engaños, sobre juegos en el filo de una navaja practicados por un maduro matrimonio de vuelta de todo. Empapados en alcohol implican en ellos a un joven matrimonio, que acaba despellejado. ¿Cuánta hay de realidad o de fantasía en sus historias? Y de fondo el paisaje de una sociedad norteamericana –la universitaria- marcada por un paternalismo castrante. ¿Por qué los jóvenes no salen huyendo tras la primera broma macabra y aguantan todas las humillaciones? Quizá porque se ven a sí mismos igual que los maduros después de unas décadas. O porque el autor quiere presentarnos unos antecedentes del matrimonio pasado de rosca.

Veronese plantea, según lo vi yo, un montaje recreando los viejos modos teatrales. Una iluminación ámbar, plana, nos recuerda el color de las viejas candilejas. Un decorado minuciosamente realista enmarca la acción. Cuando los protagonistas tienen una escena fuerte los coloca en primer plano, en la corbata escénica, como hacían antes los primeros actores. Así, en algunos momentos, parece que estamos viendo una fotografía en sepia de una representación añeja.

Luego está su visión del texto. Todas las primeras escenas están planteadas como un vodevil y el público se ríe a carcajadas con el supuestamente irónico duelo dialéctico. Cuando quiere ponerse dramático, cuesta creérselo. Sucede lo mismo con los personajes. No nos creemos que el matrimonio adulto sean dos personas de un cierto nivel intelectual y social. Más bien parecen dos gañanes barriobajeros. Y no creo que Albee atacara precisamente a las clases bajas.

El interés va en aumento gracias, sobre todo, al denodado esfuerzo de los actores, que logran llevar el texto al punto de intimidad y desgarro que rezuma. A mí, como espectador, me resulta chirriante el inclasificable vestido rojo que luce Carmen Machi durante toda la representación. Me resulta imposible creerme su personaje vestida así. No veía más que una chonipoligonera vestida para la boda de su amiga Jessica. A lo mejor es la idea que quiere darnos el director de este personaje.

La actriz acierta más cuando se contiene, cuando interioriza el drama. La joven pareja cumple con su papel de diana contra la que se estrellan muchos de los dardos. Por mi edad no tuve ocasión de ver el primer montaje. Sí disfruté con el de Marsillach-Espert gracias a una interpretación modélica de una alta comedia intelectualmente demoledora. El director de esta última versión toma legítimamente sus propios derroteros con los que, es mi opinión, no colocará el montaje entre los dignos de recordar en el futuro.
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