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Crítica teatral: Una luna para los desdichados

Crítica teatral: Una luna para los desdichados

martes 03 de abril de 2012, 00:00h
Actualizado: 04/04/2012 14:34h
Con el título de “Una luna para el bastardo” se estrenó esta obra de O’Neill el 20 de octubre de 1994 en el teatro Maravillas. Estuvo en cartel hasta el 6 de noviembre bajo el paraguas del Festival de Otoño. Ahora John Strasberg desempolva este drama rural de 1943. Y la primera pregunta que surge es: ¿Por qué? La segunda: ¿Qué interés tiene hoy este texto? Y una tercera: ¿Por qué cambian el bastardo original por desdichados? Pues si quieren encontrar ustedes mismos las repuestas pueden ir a las Naves del Español hasta el 27 de mayo.
Este tipo de teatro lo hacía muy bien Tamayo, aligerándolo y dándole una intensidad que, a veces, superaba al original. Narros también hace muy bien este teatro. Lo demostró con la magistral “Largo viaje del día hacia la noche”. El hecho de ser hijo del legendario Lee Strasberg no parece que sea suficiente para garantizar un trabajo de dirección excelente. Yo creo que los actores van a su aire y el conjunto de este montaje es extraño.

Empieza por no entenderse la supuesta desdicha de los protagonistas. En la primera escena se nos cuenta que el viejo Phil debe ser muy malo porque sus hijos varones huyen de él. Pero cuando aparece en escena vemos un malo de Arniches. Y los diálogos con la hija parecen de “La venganza de la Petra”.

una luna para los desdichadosNo hay drama por ningún lado. En la segunda –y larguísima- parte ya están todos un poco más atormentados. Sobre todo Eusebio Poncela que nos explica prolijamente, en personaje claro, su descenso a los infiernos del alcohol. Sí, parece desdichado, aunque siendo actor de Broadway y rico heredero, no lo entendemos muy bien. Pero el personaje parece que se creó sobre el hermano real del dramaturgo. Y, entre padre borracho y pretendiente borracho, está la hija. Supuestamente un putón verbenero, aunque la dulce Mercé Pons está más cerca de Santa María de Goretti. Hay un desenlace del que yo no entendí prácticamente nada. No lo cuento por si va alguno de ustedes.

Esta es una función “del Oeste”, con ilustraciones de música country incluidas. Los actores se dejan la piel, es justo decirlo. Sobre todo Poncela que hace un titánico esfuerzo para salvar el tremendo cuasi-monólogo que es el segundo acto. La puesta en escena resulta convencional: luz amarillenta para el calor, un desvencijado carromato para vivienda, unos cachivaches roñosos sin más utilidad que servir de asientos y la proyección de la luna.

Cuando se anuncia la puesta en escena de una obra teatral u ópera largo tiempo olvidada, me temo lo peor: que estuviera en el cajón porque había perdido todo interés. De O’Neill se repone constantemente “Largo viaje del día hacia la noche” y, menos frecuentemente, “A Electra le sienta bien el luto” y “Deseo bajo los olmos”. Pero esta que ahora se ve en Legazpi raramente se representa. Seguramente con otra dirección se podría extraer más emoción a estos personajes aislados en medio de la nada. Pero hay que rendirse a la evidencia de que muchos textos, por muy reconocido que sea su autor, tenían fecha de caducidad. Y esta luna, creo que es uno de ellos.
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