miércoles 02 de noviembre de 2011, 00:00h
Actualizado: 11/11/2011 12:25h
Cuando, en vísperas de las elecciones municipales y autonómicas de hace sólo unos meses, miles de personas se reunieron en la Puerta del Sol para manifestar su hartazgo, su cansancio y su indignación por tantas cosas -por los privilegios de la clase política, por la crueldad de las leyes del mercado, por la capacidad de los bancos y los mercados de sobrevivir a cualquier incendio, incluso a los que ellos provocan...-, muchos ciudadanos asistieron como atónitos espectadores a aquel espectáculo. Por su frescura, por su aparente inocencia, por su impermeabilidad a los intentos de utilización política, por su rechazo de cuanto oportunista intentó arrimarse a ese árbol.
Los propios políticos no le daban mucho recorrido al movimiento entonces; pensaban que se desharía como un azucarillo en cuanto pasara la cita electoral. Y es cierto que, tras semanas de protestas, desapareció de las plazas españolas. Pero no por eso dejó de existir ni el descontento ni las ganas de reaccionar, de rebelarse. La indignación seguía en pie, sigue aún entre muchos ciudadanos agobiados por la crisis, asfixiados por un futuro cada vez más incierto, inseguros ante unos políticos que parecen no tener en sus manos la fórmula para detener esta oleada de malas noticias que llueve cada día.
Ahora, al borde de otras elecciones, vuelve a alzarse la sombra del 15-M: de entre la maraña de grupos que se autocalifican como indignados, emergen algunos que amenazan con volver a Sol con las tiendas de campaña. La primera vez, el espectáculo de la plaza abarrotada en plena jornada de reflexión causó una sorpresa casi paralizante, a pesar de las instrucciones en contra de la Junta Electoral. Esta vez, antes de que se inicie el proceso de campaña ya se ha "blindado" algún espacio público para evitar que la situación se repita. Pero lo que pueda ocurrir realmente es, hoy por hoy, un misterio. ¿Se impondrá la ley, se preferirá optar por una vía intermedia que no convenza a nadie pero que tampoco abra un frente tan impopular a dos semanas de las elecciones? ¿Sería conveniente que se impusiera el silencio? ¿Será posible conseguirlo? El movimiento de los indignados es demasiado real para ser ignorado. Pero esa masa aún sin forma de ciudadanos con derecho al pataleo tienen una ocasión magnífica, en apenas 15 días, para llevar sus quejas y reivindicaciones más allá de la charla de amigos.