viernes 19 de agosto de 2011, 00:00h
Actualizado: 03/09/2011 13:38h
La celebración en la capital de España de la JMJ y la visita del Papa Benedicto XVI, además de otras muchas lecturas, nos ha dado la oportunidad de contemplar Madrid "desde fuera". La cobertura televisiva del acto, por diferentes cadenas y con todo lujo de medios, ha propiciado impresionantes vistas de la ciudad desde el aire, de sus plazas y monumentos principales. No sé a los demás, pero a mí me ha sorprendido, y me ha encantado, ese Madrid de anochecida del jueves, cuando el Papa se retiraba a la Nunciatura, con las farolas encendidas ya y el cielo aún iluminado. O la impresionante planta del Palacio de Cibeles, que ha lucido como nunca para la ocasión.
Madrid es bonita; así se lo debe parecer, sin duda, a los cientos de miles de peregrinos que la recorren estos días, bajo un sol de (in)justicia. Lástima que algunos -afortunadamente, pocos-, se vayan con la idea de que los madrileños somos gente intolerante y fanática. Lo digo por los que hayan tenido la mala pata de encontrarse con algún grupo de extremistas -siempre los hay- encantados de insultarles por el simple motivo de pensar diferente. Como esa religiosa que -me cuentan mis compañeros de redacción que estos días "viven" en la calle- se tuvo que refugiar en una cafetería porque la violencia verbal contra ella estaba a punto de pasar a ser física; o como la muchacha de la foto que algunos periódicos publicaban estos días, al borde de la histeria agarrada a su crucifijo ante los gritos que le dirigía un energúmeno. Hay muchas razones para criticar a la institución de la Iglesia. Pero antes de la crítica debe estar el respeto. ¿Alguien recuerda aquello que dijo Voltaire?: "Odio lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo".