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Agujeritos

Agujeritos

lunes 20 de junio de 2011, 00:00h
Actualizado: 29/06/2011 17:08h
En los atascos imposibles de las dos de la tarde, que ni música, ni aire acondicionado ni leches en vinagre. Que aquello parece una procesión de Semana Santa, oiga. Que llevo viendo el mismo semáforo hace media hora y ya estamos cogiendo confianza. Que se trata de llegar a casa, no de que la casa sea el coche y vivas allí, que te advierto que la chica del Smart de al lado le ha dado tiempo ya a pintarse las uñas de las dos manos, y juraría que el calvo con gafas de dos coches más para adelante ha empezado cien metros más para atrás a leer la Historia Interminable, y creo que lo mismo le da tiempo a eso, a terminarla. En esos atascos, precisamente, necesitamos un agujerito.

En la disciplina olímpica de sortear las obras. Un andamio por aquí, giro doble para evitar el carrito encallado de la madre con dos niños, uno de ellos empeñado en un helado en la tienda en la que hay que entrar de lado porque le han colocado las baldosas de a columnas de a 15 justo en la puerta. Y no hay manera que las dos que fuman de la oficina de seguros del segundo se vayan más para allá, que si no dejan de ver a la pareja de jóvenes tomándose un café en la terraza de Casa Pedro. El caso es que las alternativas son saltar la valla cual Indiana Jones cualquiera, intentando no perecer en el socavón de tres metros que tan precariamente guarda, o cambiar de héroe y emular a Spiderman lanzando redes al andamio posterior para desde allí alcanzar el sexto izquierda, donde llevan esperándote al menos media hora. En esas interminables obras, necesitamos un agujerito.

En las prisas. En las eliminatorias de cien metros de escaleras mecánicas estilo libre que se plantean en el metro, que parece que viene uno cada tres cuartos de hora. En los regates imposibles de la señora del vestido azul para alcanzar el único sitio libre en el vagón, que ríete tú de los giros de Gasol para entrar a canasta. En la competición internacional de llamada al taxi. Tu te pones en la esquina, te adelanto en el semáforo, mientras la pareja con maletas se va al medio de la calle que ha visto una luz verde venir, aunque en realidad es que es la farmacia de guardia de la esquina. Jacinto, de verdad que tienes que ir a un oculista. En eso de que ayer siempre es el peor día, que todo tiene que estar para el día anterior, con lo cual parece que mañana te tocaras las narices, a no ser por que hoy, precisamente, es cuando tienen que estar las cosas que te pedirán mañana. En el "perdona, pero tengo prisa", en el "buf, buf", ahí necesitamos un agujerito.

Eso, agujeritos para ver el Cielo de Madrid, ese cielo que tan pocas veces parecemos ver los lunes, tapado por atascos, por prisas, por andamios. Agujeritos para ir más despacio. para disfrutarlo, para verlo. Quizás todos nosotros, los madrileños, podamos, sin embargo, ser un poco agujeritos. Puede que un día nos de por dejar el coche aparcado, ensimismado con sus sueños y sus cosas, imaginándose en una de esas carreteras de anuncio de BMW. Y andar, o coger el metro con un buen libro, ese que nunca tenemos tiempo de leer. Quizás podamos tomarnos las cosas con más calma y que, coño, sonreir un poco más, tomarnos en serio lo que realmente lo es y dejar de agobiarnos por esa multitud de pequeñas cosas que no tienen tanta importancia. Puede que Madrid no tenga la culpa de todo, o puede que si la tenga, porque todos lo hacemos así; pero si somos todos, también podemos todos arreglar alguna cosa.

El caso es que si cada uno hacemos un agujerito en nuestras vidas, un agujerito donde disfrutar de un paseo, de un rato de terraza, de  un café, de leer el periódico en un parque, de poder aguantar llegar cinco minutos tarde a cualquier sitio, podamos hacer realidad la famosa frase con la que culmina este texto de Diego San José, de su libro "Estampas Nuevas del Madrid Viejo", y que he encontrado en otro excelente título, "Rincones del Viejo Madrid", de Angel J. Olivares Prieto:

Si eres madrileñista de corazón, de todo tendrás noticias por los maestros de la crónica matritense, y si no lo eres y por primera vez das en huronear por estos evocadores rincones, aprenderás por lo menos, a sentir cariño por este Madrid, tan hidalgo, tan acogedor, tan abierto a cuantos vienen a él y tan calumniado por los que no le conocen, pero cuando tratan de cerca a los que en su suelo nacieron, y se hacen a sus usos y costumbres que ¡ay!, ya no son las mismas que diéronle fama y alcurnia en los pasados tiempos, acaban por comprender que es muy verdadero el conocido adagio que dice: de Madrid al cielo y un agujerito para verlo.
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