El Centro Dramático Nacional estrena en el teatro Valle Inclán “Mi alma en otra parte”, un texto inédito del sevillano José Manuel Mora. Con anterioridad había aparecido tímidamente este autor en la Sala Triángulo y en la T.I.S. Ahora recibe el espaldarazo del teatro nacional con un drama rural.
En el final del siglo XIX y en las primeras décadas del XX, el drama rural fue un género muy cultivado y popular. La España rural, sin atisbos de desarrollo industrial, era tema ideal para escritores como Echegaray o Benavente. Señoritos sin escrúpulos, doncellitas seducidas, terratenientes crueles y esclavos-sirvientes llenaron los escenarios. Y, dentro de este género, se estrenaron auténticas obras maestras, como “Terra baixa”, de Guimerá (1896) y “La Malquerida” de Benavente (1913) con protagonistas tan potentes como el Manelic y la Raimunda respectivamente. Más tarde García Lorca lograría la cumbre de su teatro con dos grandes dramas rurales: “Bodas de sangre” (1931) y “La casa de Bernarda Alba” (1936). Posiblemente fuera Alejandro Casona el último dramaturgo del siglo XX en recurrir al ambiente rural para sus obras. “La tercera palabra” (1953) y, en clave más onírica, “La casa de los 7 balcones” (1957) fueron grandes éxitos ya en la segunda mitad del siglo pasado.
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Me sorprende que autores jóvenes se interesen por este ambiente en el comienzo del siglo XXI. En este mismo teatro vimos hace un año “La tierra”, de José Ramón Fernández y ahora este nuevo texto. Los autores de ambos han vuelto al campo, olvidándose de internet. José Manuel Mora presenta unos personajes atormentados, con el fatalismo escrito en el rostro. Todos tienen una intensa relación con la tierra, sea de amor o de odio. El hombre anciano porque su parcela es el recuerdo de un amor que quiere conservar hasta la muerte. Su joven hijo porque le quema esa tierra y quiere desprenderse de ella. El anciano, en su soledad, se dedica a dar un final relajado a viejos perros enfermos, quizá metáfora del abandono que sufre la tercera edad. Al final será su único animal joven y vigoroso el que le acompañe a llevar a cabo su última decisión. Y las tres mujeres –abuela, nuera y nieta- atadas por una relación adúltera, origen de toda la tragedia. Porque no hay atisbos para la esperanza en ese páramo poblado de olivos, a pesar de la declaración de amor final. Teatro de largas pausas, de drama soterrado, de violencia que no acaba de estallar. Y la puesta en escena incide en el realismo rural: hay tierra, por la chimenea sale humo y hasta actúa un hermoso perro galgo. Otra cosa es que ese cruce de relaciones insatisfactorias llegue a conmover al espectador.
Finaliza esta obra con un monólogo del protagonista, con su perro como oyente. Un diálogo de sordos que ya ensayó magníficamente Tennessee Williams en “Un extraño romance” (The Strangest Kind of Romance, 1946) donde un claro perdedor social encuentra como único interlocutor un gato llamado Nitchevo.
En el reparto, dirigido por Xiscu Masó, aparece Fele Martínez, un actor que en la última década solamente se ha presentado cinco veces en la escena.