jueves 20 de enero de 2011, 00:00h
Actualizado: 28/01/2011 19:09h
El otro día por primera vez se utilizó el pinganillo en el Pleno del Senado. Fue una imagen sorprendente. Me recordaba a mis tiempos del Parlamento Europeo donde el uso de la traducción simultanea y las escritas le cuesta a los contribuyentes casi el 40% del presupuesto de la Cámara Europea. Es lógico que se invierta esa cantidad porque en la vieja Europa no tenemos una lengua común y el uso de la tecnología nos posibilita el entendimiento. Que grande es esa palabra: entendernos. Que grande es el idioma, ese que nos anima a hablar y discutir y matizar y exponer y analizar y rebatir y por fin llegar a un acuerdo con todo tipo de matices y acentos. El idioma nos permite comunicarnos, saltar barreras a la hora de enviar mensajes. La palabra, una parte pequeña de la comunicación, pero capaz de afirmar o negar, de confirmar o rechazar cualquier sospecha proporcionada por los gestos, por los vestidos o por los movimientos. Al hablar evitamos la violencia. Gracias al idioma usted y yo, querido lector, nos entendemos que ha sido, y es, el gran objetivo de la humanidad: entenderse. De ahí que luchemos por aprender otras lenguas.
El mundo busca la fórmula para mejorar ese entendimiento entre los pueblos, entre las naciones. Se trata de acercarnos a través del idioma, no alejarnos: La idea no es separar lo que está unido por una única lengua, sino aproximar.
En el Senado español no. Allí las cosas se han hecho de otra manera. El Senado tiene una lengua, como todo el mundo sabe, y la han dividido en varias. ¿Alguien lo entiende?. Yo tampoco.
Querido Senador, me gustaría que nos lo explicara. Usted que ha tomado esa decisión explíquenos cual es el objetivo. Explique al parado que ha dejado de cobrar los 400 Euros y se ha quedado sin ingresos para comer, por qué el Senado necesita gastarse su dinero, en esas traducciones que usted y sus compañeros han decidido.
Querido Senador explique usted a los funcionarios que les han quitado más del cinco por ciento de su sueldo y una buena parte de la paga de navidad, a esos que por los recortes tienen problemas para llegar a fin de mes, por qué se gastan su dinero en auriculares y traducciones. Díganos por qué esos gastos superfluos en la denominada Cámara Alta que sirve para poco pero gasta mucho.
Querido Senador, usted que se pone el pinganillo para silenciar el castellano, el español o como quiera llamarlo, que lo hablan en el mundo más de 400 millones de personas. Usted que se está gastando un dinero que se niega a los pensionistas, usted, querido Senador, tiene que explicarlo. Y tiene que explicarlo seriamente porque ese dinero no es suyo es de todos.
No es esta una crítica al sistema autonómico con el que me siento completamente identificado, sino al despilfarro, al abuso, a lo excluyente, a la falta de ética de quien utiliza el presupuesto para pamplinas...
Se da cuenta, querido Senador, por qué los ciudadanos consideran como tercera preocupación el comportamiento de los políticos. Dígales que no llevan razón. Que lo del pinganillo es un gasto social. Seguro que le escuchan.
Sea o no sea creyente rece porque el pueblo permanezca dormido y anestesiado por tanta propaganda vestida de ideología.