Con 'Inés y la alegría' empieza una saga de seis novelas de pequeñas y grandes historias de la resistencia antifranquista. Tiene usted trabajo hasta 2017. ¿No siente ni siquiera una pizca de angustia?
No, más bien lo vivo como una suerte que tengo, un privilegio. A mí lo que me gusta es estar en casa escribiendo en zapatillas, es el tipo de vida que prefiero. Mi oficio tiene dos etapas. Una más ‘glamurosa’, que es la que todo el mundo cree que me debería gustar, que es la de viajar, hacer entrevistas y todo eso, pero no me gusta nada. Luego una teóricamente gris pero mucho más intensa. A mi me pasan muchas más cosas escribiendo en casa. Es verdad que este proyecto tiene algo de reto y de compromiso que asumo con los lectores. Si me apetece escribir otra cosa, interrumpiré la serie. Pero en este momento ya tengo escritas dos novelas, estoy escribiendo la tercera y me encuentro con muchas ganas de escribir de un tirón.
Con sus ‘Episodios de una guerra interminable’ rinde de alguna manera homenaje a los Episodios Nacionales de Galdós. ¿Qué ha supuesto para usted este escritor?
Galdós es un escritor muy importante para mí biográfica y literariamente. Yo veraneaba en Becerril de la Sierra, en una casa muy grande que era de mi abuelo, donde había muchos libros pero antiguos y como raros. Me gustaba mucho leer y siempre compraba libros en la Feria del Libro, pero a mediados de julio ya me los había leído. Entonces leía lo que había por allí -novelas de Agatha Christie,
best-sellers...-. Llegó un momento que ya me lo había leído todo hasta que llegó un verano, cuando tenía quince años, en el que lo único que no me había leído era una colección de las obras completas de Galdós. Digamos que yo empecé a leer a Galdós porque no podía estar sin leer. Tuve la suerte de que la primera novela que elegí fue 'Tormento'. Aparte de que me gustó mucho porque es estupenda me impresionó. Yo iba a un colegio de monjas y leer la historia de un cura perverso que acosa a una huérfana y que explota todas las miserias de la burguesía madrileña me pareció impresionante. A partir de ahí me leí a Galdós de un tirón y he vuelto a releerle constantemente. ‘Fortunata’, que es uno de mis libros favoritos, me lo he leído cuatro o cinco veces. Además lloro siempre en los mismos sitios (risas), y eso tiene mérito porque sé todo lo que va a pasar.
Y decidió utilizar el esquema de los Episodios Nacionales.
Cuando empecé a escribir estas novelas, que son un poco una consecuencia de ‘El corazón helado’, me fui documentando de historias que me gustaban. Me encontré muchas historias pero no las podía meter en esta primera novela, porque había decidido exiliar a los Fernández y ya no podía contar la posguerra desde dentro. Entonces comprendí que tenía que convertir esas historias en novelas, y el modelo de don Benito surgió inmediatamente. Me pareció que era un modelo insuperado. Era una solución muy fácil y muy buena, además para mí es un orgullo.
Dicen que tiene predilección por sus novelas impares. ¿Esta lo es?
No, yo no tengo predilección, a mi me gustan las pares y las impares, lo que pasa es que las impares me suelen ir bien. Son las que me han ido consagrando. ‘Las edades de Lulú’ fue la primera. ‘Malena es un nombre de tango’ fue la tercera. La tercera novela creo que siempre es la más importante en la carrera de un novelista porque la primera sale bien con frecuencia, la segunda se escribe con tanto miedo que sale mal y la tercera está escrita con naturalidad y da un poco la medida de lo que va a pasar. ‘Los aires difíciles’ también es impar y fue una novela muy importante para mí porque hizo de bisagra para cambiar de ciclo. ‘El corazón helado’, también impar, comenzó otro ciclo. Ahora como he iniciado una serie de seis he conseguido astutamente que todas sean pares e impares.
¿Ha sido esta novela difícil de escribir?
Sí, mucho. No tanto porque la historia sea complicada, que también, sino sobre todo porque me ha costado mucho trabajo decidir cómo iba a meter la historia real en la novela. Me encontraba desde el principio con un problema, y es que era una historia completamente desconocida. Si yo no hubiera metido la no ficción en el libro ni las razones reales de la invasión, un lector contemporáneo español habría entendido que me lo he inventado todo. Y como argumento de ficción es inverosímil. ¿Cómo me voy a inventar yo que en octubre de 1944 entran 4.000 tíos y toman el Valle de Arán?
¿Cómo se planteó la narración?
Al principio intenté que hubiera solo una narradora, que era Inés. Pero era insostenible que una militante de base supiera lo que estaba pasando en el Kremlin o en el Pardo aunque estuviera en la cocina con el oído abierto. Hice una primera versión que no funcionó y decidí escribir de nuevo el libro sacando la parte de no ficción. De ahí salen los capítulos que llamo paréntesis –tienen el título entre paréntesis-. Estoy muy satisfecha con el resultado. Y eso más que mérito mío es mérito de la historia.
¿Cree que España todavía sigue pagando los platos que se rompieron durante la Guerra Civil?
Yo creo que la guerra civil está muy lejos y sucedió en un país que no se parece al nuestro. España ha cambiado, no es el mismo país que en el 36. Pero lo que sí creo que todavía sigue marcando la forma de entender España fue el tratamiento de la Guerra y la Dictadura que se hizo en la Transición. En esa medida creo que la guerra sigue pesando mucho en la vida de todos. Después de la muerte de Franco la clase política se puso de acuerdo, pero fue un acuerdo muy brillante a corto plazo que a largo plazo ha demostrado su deficiencia. La democracia española se construyó a sí misma en el aire, sin deberle nada a nadie, sin ligarse a ninguna tradición específica. Fue como hacer que cuarenta años de dictadura no hubieran tenido importancia. Yo creo que ese pacto irreal, que se puede comprender, ahora ha generado los grandes problemas de este país: el conflicto de identidad nacional permanente que vive España, la debilidad de la economía, la situación de la judicatura, los servicios públicos, la educación, los problemas con la Iglesia, etcétera. Luego ya a un nivel más personal creo que es verdad que la guerra sigue pesando en muchas familias españolas. Tampoco es un fenómeno exclusivamente español: ahí están los alemanes que le siguen dando vueltas a lo mismo.
Es madrileña y ahora vive en el centro de Madrid. ¿Qué es lo que más le gusta de la ciudad?
Que tenemos un carácter compatible. Yo creo que nacer en una ciudad no implica que te lleves bien con esa ciudad. Es como lo de que no te lleves bien con tus lectores. Hay gente que nace en una ciudad y no le gusta y se quiere ir a otro sitio. A mí en cambio me gusta Madrid y no me gustaría vivir en otro sitio. Cuando naces aquí tienes dos cosas fundamentales: el poder beber agua del grifo y el anonimato. Aquí yo puedo bajar a comprar el pan en rulos y aunque les pareciera raro me dirían "hola qué tal". También me gusta mucho el movimiento. Incluso ese caos controlado en el que vivimos. Esa inestabilidad estable. En verano me gusta irme, pero en septiembre me encanta volver.
¿Y lo que menos?
Probablemente lo maleducada que es la gente. La manía de tocar el pito en los embotellamientos, la afición a chillar a las tres de la mañana en la calle para demostrar que te lo estás pasando muy bien, las broncas que se organizan… Y eso que la chulería madrileña no implica necesariamente violencia ni agresividad. Yo puedo entender ciertas dosis de cabreo en una ciudad tan complicada, pero lo que me saca de quicio es la mala educación.
Tiene la suerte de tener unos lectores muy fieles a sus novelas y columnas. ¿Cómo son?
Muy buenos.
Joaquín Sabina dice que él y yo tenemos el mejor público de España, y creo que es verdad. Siempre he pensado que una de las peores cosas que le pueden pasar a un escritor es que no le gusten sus lectores. Y a muchos les pasa. A mí en general mis lectores me gustan bastante. De hecho, tengo un núcleo central de lectores que se me parecen: gente más o menos de mi edad, que han vivido experiencias semejantes a las mías y que tienen una ideología y una manera de entender el mundo semejante. Luego me sorprende mucho tener lectores jóvenes, muchos de ellos en bachiller y en la universidad. Luego también me lee gente mayor. Tengo unas colas bastante variopintas en la Feria del Libro. A raíz de escribir ‘El corazón helado’ me pasó algo de lo que estoy muy satisfecha, y es que empecé a tener lectores hombres en un número muy apreciable. En mis primeras novelas los hombres no se acercaban a mí porque pensaban que escribía literatura femenina. Lo único que les acercó fue el tema de ‘El corazón helado’. No se porqué, pero la memoria histórica es un tema que interesa más a los hombres que a las mujeres.