Las dictaduras, la II República, la Guerra Civil, la transición española y la actual democracia. El Teatro Alcázar ha sido reflejo de la historia durante sus 85 años de existencia, como recoge el periodista y Cronista Oficial de la Villa, Antonio Castro, en el libro 'El Teatro Alcázar. El Palacio de los Recreos', que ha presentado este lunes en el monumental edificio que lo alberga, situado en el número 20 de la calle de Alcalá.
¿Porque se ha elegido 'El Palacio de los Recreos' como subtítulo para el libro?
Originalmente la empresa se llamaba así porque iba a poner en marcha un palacio de los recreos que incluía casino, piscina, salones sociales y teatro. Fue un proyecto muy ambicioso para los años 1924 y 1925. Pero durante la dictadura de Primo de Rivera se cambió la legislación y el proyecto inicial se quedó en muy poquita cosa en cuanto a contenidos. El edificio se realizó prácticamente tal y como se había proyectado pero las actividades se limitaron al teatro y a secciones comerciales. Hoy en día la sociedad que gestiona el teatro sigue llamándose El Palacio de los Recreos.
¿Cómo fueron los inicios de este teatro?
Con la prohibición del juego, comienza una etapa difícil. El edificio ya estaba terminado y se optó con un gran teatro. Fue el promotor José Juan Cadenas quien lo puso en marcha el 27 de enero de 1925 con un espectáculo muy lujoso para la época: Madame Pompadour.
¿Cuál ha sido la historia de este teatro durante estos 85 años?
En algunas épocas ha albergado cine, como después de la Guerra Civil, pero la mayor parte del tiempo el edificio ha estado destinado al teatro. Con los años han ido cambiando los géneros. La parte más importante de su historia, desde la posguerra hasta finales de los años setenta, ha sido la dedicada al género de la revista, con Celia Gámez en cartelera durante muchas temporadas. Y hay otra gran etapa, que se inicia cuando Juan José Arteche asume la dirección empresarial del proyecto y después traspasa su gestión a Enrique Salaberría, en la que el Alcázar pasa a ser uno de los grandes teatros de comedia, aunque también programa espectáculos musicales. Durante estos treinta años ha recuperado la condición de gran teatro de Madrid.
¿La historia del Alcázar sirve para ilustrar los gustos de los espectadores madrileños a lo largo de los años y las modas que se han ido sucediendo?
Si repasamos la trayectoria y la programación de este teatro durante sus 85 años podemos ver cómo durante mucho tiempo, sobre todo durante la posguerra, la revista se convirtió en una vía de escape. Como, debido a la censura, no había posibilidad de hacer un teatro comprometido, durante los años cuarenta, cincuenta y sesenta lo que había era el teatro de humor de Carlos Arniches, Pedro Muñoz Seca o los hermanos Quintero. Ya en la época de transición y en la democracia se convierte en un teatro abierto a todos los géneros.
¿Cerró el teatro durante la Guerra Civil?
Durante la guerra estuvo bajo el control de la CNT. Los sindicatos se incautaron de los teatros y autogestionaban la programación. Ellos intentaron hacer un teatro de formación política, con lo cual no fue nadie y acabaron volviendo a la revista porque, además, creaba empleo. Una comedia da trabajo a siete u ocho actores, pero en una revista podían trabajar a cincuenta o sesenta personas.
¿Por qué el teatro Alcázar cambió la "k" por la "c"?
Después de la Guerra Civil se publicó un decreto que afectaba no solo al Alcázar, sino a todos los negocios que llevaran un nombre que pareciera extranjero. Algunos negocios sustituyeron sus nombres por otros que sonasen más al régimen franquista. El Cine Belusia, por ejemplo, pasó a ser el Cine Azul; o el Cine Madrid-París cambió su nombre por el de Cine Imperial. Pero el Alcázar solo cambió la "k", porque esta palabra ya tenía unas connotaciones muy grandes.
Este edificio está marcado por un suceso muy trágico, el incendio de la discoteca Alcalá 20. ¿También se recoge en su libro?
No. Se cuenta la historia de cómo ese espacio se abre como cabaret, con el nombre de Alcalá Souper, a la vez que abre el teatro. En Madrid había muchos cafés cantantes y cabarets y este era de los más lujosos.
Ya ha escrito libros sobre otros teatros, pero ¿por qué ha elegido ahora el Alcázar entre todos lo que hay en Madrid?
Este es un tipo de libro que solamente tiene la posibilidad de ver la luz si las administraciones o los empresarios se deciden a financiarlos y editarlos. Me resultaría muy difícil creer que un empresario librero pudiese financiar una historia concreta, como es la del Teatro Alcázar. Para la productora Smedia ya trabajé publicando la historia del Teatro Infanta Isabel y entonces me surgió la posibilidad de hacer esta otra sobre el Teatro Alcázar. Estoy en estudio con ellos para hacer la del Teatro Fígaro. He escrito otro libro sobre teatros históricos de Madrid que editó el Ayuntamiento. Y otro sobre salas alternativas que publicó CEIM.
¿Qué tiene de especial el Teatro Alcázar?
Tiene de especial que es un proyecto arquitectónicamente monumental, que llega a abarcar dos calles.
¿Cuál es la situación del Teatro Alcázar en la actualidad?
Ahora tiene una situación estable. Como todos los teatros ha pasado por épocas de cierre o de amenaza de compra por parte de entidades de crédito. Pero cuando lo alquiló Arteche le dio una estabilidad, lo recuperó para hacer un teatro serio y consiguió que el público volviera a llenar el teatro. Arteche traspasó la gestión el teatro, porque estaba ya cansado por su edad, al grupo Smedia, que continúo con la labor. En este momento, no existe ningún peligro, excepto el que implica cualquier actividad teatral, que es conectar con el público y conseguir que venga al teatro.
El teatro ya no lo tiene tan fácil como hace unas décadas. ¿Qué demanda tiene en estos momentos?
El informe de la Sociedad General de Autores de 2009 indicaba que había bajado ligeramente la asistencia al teatro en toda España. Puede ser una situación circunstancial por la crisis. La verdad es que en los últimos diez años la asistencia al teatro en Madrid y en toda España tiene unos niveles muy altos. Creo que son más de 4.000.000 millones de espectadores al año solo en Madrid.
¿Qué calidad cree que tienen en la actualidad los contenidos teatrales en Madrid?
En época de crisis la calidad suele bajar. Las empresas optan por unos espectáculos que diviertan al espectador, es decir, que se produzca una evasión de la realidad. Y eso creo que se está dando en este momento. Aun así, hay algunas obras que realmente son muy atractivas porque las afrontan teatros públicos que no corren peligro con la venta de entradas.
¿Cómo es la relación público-privada en el teatro? Las salas pequeñas se han quejado de que no tienen apoyo de la administración y, por otra parte, hay teatros privados que funcionan muy bien.
En Madrid hay nueve grandes teatros dependientes de las diferentes administraciones públicas y bastantes más privados. La competencia que hacen los teatros públicos sobre la empresa privada, en mi opinión, se centra en los precios. Yo entiendo que un teatro público asuma riesgos económicos e ideológicos con los proyectos que un empresario privado no puede asumir, pero donde no debe competir el teatro público es en el precio de las entradas. Una entrada de butaca debería costar lo mismo en el Alcázar que en el María Guerrero. Otra cosa es que el María Guerrero pueda ofrecer algo más porque tiene dinero de todos y puede hacer montajes más espectaculares.
Para terminar, ¿nos puede contar alguna anécdota del Teatro Alcázar?
Durante las representaciones se produjeron miles de anécdotas pero, sobre todo, llamó la atención la construcción del edificio, que fue bastante problemática. Por ejemplo, cuando se estaba cimentando, el edificio de al lado estaba en obras y se produjo un derrumbe en el café que albergaba. Se achacó a las obras del teatro pero luego parece ser que no fue así. Hubo muchos accidentados, pero el único que murió fue uno de los arquitectos del Teatro Alcázar. No fue por el accidente, sino por la impresión; le dio un infarto. También hubo un asesinato. Al jefe de carpinteros de la obra le dispararon dos tiros aquí, a la vuelta de la esquina, durante el proceso de construcción. Se dijo en su momento que había sido una venganza porque abortó una huelga de trabajadores. Por otra parte, el arquitecto principal del proyecto, Eduardo Sánchez Eznarriaga, falleció de muerte natural antes de que estuviera terminado el edificio y no pudo ver terminada su obra.