lunes 14 de junio de 2010, 00:00h
Actualizado: 21/06/2010 15:46h
Los políticos son un gremio muy denostado. Casi tanto como el de los periodistas. Igual que a nosotros se nos achaca falta de rigor, superficialidad, "amarillismo", insensibilidad y otras muchas cosas, de los políticos lo menos feo que se comenta es aquello tan tópico y tan injusto del "son todos iguales". Por eso me apetece traer a esta zona de mar sin puertas una buena actuación de un político, que en esto lo está haciendo francamente bien. Además, es compañero en esta pantalla; razón de más para alabarle el buen gusto que ha tenido con la puesta en marcha del ciclo cultural Distrito 9, una programación de auténtico lujo de la que pueden disfrutar, por módicos precios o directamente gratis, los madrileños desde que Álvaro Ballarín es concejal-presidente del distrito de Moncloa.
Ballarín no sólo ha aplicado su experiencia en el mundo de la gestión cultural -fue Director General de Archivos y Bibliotecas de la Comunidad de Madrid- para adaptarla a las circunstancias: la presidencia de una junta municipal en un Ayuntamiento que, reconozcámoslo, apenas encomienda competencias ni presupuestos a estas entidades. En su caso, no se rindió, y decidió que, aún con escaso presupuesto, valía la pena echarle ganas e imaginación, además de mucho trabajo, al asunto. Y así, puso en marcha Distrito 9, en el que se concentra una variada y cuidada oferta cultural. Que llega incluso a la ópera. Y ahí quería yo llegar. Porque en Madrid, decir ópera equivale a decir minorías, algo visto como un espectáculo para ricos a precios de ricos. Pero que, sin embargo, tiene un enorme tirón popular: no hay más que ver cómo se pone la plaza de Oriente cada vez que a la autoridad competente se le ocurre instalar una pantalla gigante que retransmita hacia afuera lo que ocurre dentro: los llenos son totales.
Por eso, tal vez, o por un deseo de hacer accesible de verdad la cultura, y de que alcanzarla dependa más del tamaño de nuestro interés que del de nuestro bolsillo, Álvaro Ballarín incluyó la ópera para todos en su programación. Y abrió centros culturales al público en general para que pudieran presenciar, en montajes pequeños pero muy dignos, las mejores piezas de este arte. Y de vez en cuando, la monta con mayúsculas. Es lo que va a hacer en apenas unas semanas, con esa Aída que se va a representar nada menos que en el templo de Debod, ante los miles de madrileños que quieran ir. El espectáculo total, la ópera, con acceso popular, con un auténtico templo egipcio de más de 2.000 años como escenario, y con la puesta de sol como fondo. ¿Se puede pedir más?