Dice Antonio Gala, y dice bien, que este año será el último que acuda a la Feria del Libro de Madrid que es cualquier cosa menos un certamen literario, es más bien el “Hola” de las letras y de las vanidades dónde los escritores de renombre compiten en largas colas mientras que otros más modestos, (con perdón me voy a incluir), nos exponemos en mostradores abiertos que tienen algo de vis a vis con los lectores. Para los casos extremos deberían habilitar la parte de atrás de las casetas dónde pudieran tener contactos íntimos los autores con sus fans.
Todo sea por vender libros y por fomentar el sano hábito de la lectura, pero vistas todas las casetas unidas aquello tiene más de el Rocío que de acto cultural. No es posible que la estadística diga que la mayor parte de los que leen libros en España, (y no son todos los ciudadanos), sólo lee un libro al año pero una vez al año los lectores se echen a la calle en romería. Lo demás de puro teatro de las letras, artificio editorial que se resume en una feria de vanidades en sus dos versiones: de tapa blanda y de tapa dura.
Eso sí, el lugar está elegido a la perfección porque se sitúa junto a la antigua “casa de fieras de Madrid”, aquel zoo de provincias que tuvimos en Madrid hasta que crearon ese otro zoo del hormigón en la Casa de Campo.
Fieras los autores por su carácter y por el argumento de algunas novelas.
En la Feria del Libro intentamos vender como si fuéramos autores suecos pero sudamos como escritores españoles. Lo mejor es ver la cara de los niños que se divierten observando a esos señores que están detrás del mostrador y que se las dan de inteligentes cuando un listo de verdad lo que haría es tumbarse en el césped del Retiro y chupar un polo de fresa, uno de esos polos que se derriten a gran velocidad y que se termina compartiendo con las hormigas.