martes 27 de abril de 2010, 00:00h
Actualizado: 04/05/2010 19:53h
En el Ayuntamiento de Madrid, y en los de algunas otras ciudades españolas, están empeñados en que cambiemos de coche. No es que quieran que compremos una ranchera, un deportivo o un utilitario facilito de aparcar. No; lo que quieren es que cambiemos de sistema, y que en lugar de motores de gasolina o diésel, optemos por vehículos eléctricos. Porque son mucho más modernos, más ecológicos, menos contaminantes, más silenciosos... todo parecen ventajas, ¿verdad?
Lástima que la tecnología aún no esté totalmente desarrollada. Que los precios de estos coches sean prohibitivos. Que no se hayan solucionado aún problemas como la recarga: van estableciéndose postes en parkings y espacios públicos, pero hacer un viaje de 500 kilómetros resulta casi impensable.
La Unión Europea se está poniendo dura con el asunto de la contaminación: se apuntan medidas radicales, como la prohibición de circular por el centro para los vehículos con motor de explosión en no más de 15 años. Lo cual no es la primera vez que se plantea: alguna iniciativa de este mismo estilo, que fue presentada en su día públicamente, duerme el sueño de los justos desde hace años en algún cajón olvidado de un despacho oficial. Y en este contexto, los coches eléctricos surgen como casi la única solución para nuestro futuro como conductores. Eso, y la bicicleta, aunque ahí sí que mi inventiva se queda corta: por mucho que las ordenanzas municipales se cambien para darle prioridad a estos vehículos de dos ruedas, me resulta difícil visualizar un viaje hacia el trabajo con las rotundas cuestas arriba de la ciudad, y con el incivismo generalizado entre los conductores capitalinos. Pero volviendo al coche eléctrico, aún parece algo lejano, pero es sólo cuestión de avanzar en tecnología. Tal vez antes de lo que somos capaces de imaginar, las ciudades hayan cambiado tanto que lo raro sea conducir un coche de gasolina.