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Crítica teatral. Piaf: inmensa Roger

Crítica teatral. Piaf: inmensa Roger

martes 27 de abril de 2010, 00:00h
Actualizado: 29/04/2010 14:18h
Edith Piaf es uno de los mitos (de los de verdad) de la canción francesa. Un personaje de leyenda, por su atormentada vida, que sigue despertando la curiosidad de los creadores medio siglo después de su muerte. Ahora el personaje resucita en el teatro Nuevo Alcalá con el musical “Piaf”.
Presentado en Londres, donde la protagonista ganó el premio Laurence Olivier, y más tarde en Buenos Aires, llega a Madrid con la misma producción y protagonista. Un escenario decadente: se abre tímidamente el telón y aparece ella. El fantasma de Piaf se materializa ante el público para, inmediatamente, morir. A partir de ese comienzo asistimos a una dramatización de los momentos más intensos en la vida de la cantante. Obviamente se interpretan algunas de sus canciones más populares.

Inmensa Roger
No es posible imaginar este espectáculo sin Elena Roger. Su trabajo es, sencillamente, excepcional aunque algunos espectadores se molesten con su fuerte acento porteño. Seguramente la actriz quiere dar al personaje el lenguaje barriobajero y el personal timbre de voz de Edith. Desde la juventud disipada de Piaf, hasta su temprana muerte, Elena Roger ofrece una lección de transformación física desde el interior. Su imagen como alcohólica, drogadicta, irascible pero enamorada, es estremecedora. Pero cada vez que se pone ante el micrófono para cantar la emoción se apodera del público. Es una composición perfecta en lo físico e insuperable en lo musical. No es extraño que, tras cantar 'No je ne regrette rien' el público se levante de las butacas, como impulsado por un resorte, y aclame a la artista.

Imágenes en sepia

El espectáculo tiene, además, un sólido elenco, siempre al servicio de la protagonista. Y una iluminación apabullante. Gracias a ella, y al movimiento escénico, se crean imágenes que permanecen en la retina: el combate de boxeo, el internamiento en el hospital, la primera decadencia en concierto… son como fotografías en sepia, desvaídas, pero imborrables. Y hay momentos de emoción, como el dúo entre Marlene y Piaf interpretando La vie en rose. O el encuentro con Theo Sarapo.

Quizá se apreciara más ritmo escénico para contar tantas pequeñas historias. El musical acaba pesando un poco, sobre todo a quienes apenas conocen la historia de la cantante. Pero cada vez que se interpreta una canción, la tensión se dispara. Y siempre, sobre la escena, está Elena Roger.
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