jueves 18 de febrero de 2010, 00:00h
Actualizado: 25/02/2010 16:55h
Desde que Gallardón es Gallardón nos hemos acostumbrado a su extraño gusto por los mensajes encriptados, por la literatura entrelíneas y por los discursos velados en forma de felicitación navideña o de discurso de fin de Carnaval. Son comparecencias llenas de indirectas, que cada vez tienen más de lo segundo y mucho menos de lo primero. Cada vez parecen más torpedos, que tonterías. Este año, un año más, el alcalde no ha faltado a su cita con la alegre cofradía del entierro de la sardina, que de una u otra manera, se convierte en ilustre protagonista del discursito con más mala idea de todo el año.
Si el año pasado Doña Cuaresma era la del gesto agrio, este año la sardina no sale mucho mejor parada. No es nada nuevo por otra parte: aprovechar la ironía y el entre texto para arrear zurriagazos con una media sonrisa por si acaso. La excusa era la crisis, pero el pimpampum de las palabras de Gallardón no era otra que Esperanza Aguirre.
En realidad el tema tampoco da para mucho más. Para esto se está quedando la relación entre Aguirre y Gallardón: para un micrófono abierto y para un discurso de Miércoles de Ceniza. A estas alturas ya todos los madrileños sabemos que no se pueden ni ver. No es un enfado normal. Es una lucha de poder por un mismo espacio, por un espectro político e ideológico en el que dos egos tan sobredimensionados no caben en el mismo hueco. Sobra uno. Sobra otra. O sobran los dos. Pero por mucho que no sorprenda, hay que destacar el ansia viva con el que se entregan uno y la otra a la relación personal. Si no fuera precisamente porque sabemos que se odian fraternalmente, parecería que tienen un lío entre ambos o algo así.
Podemos debatir si el día era el idóneo, ya que por la mañana el jefe Rajoy se había bregado como pudo en el Congreso contra Zapatero. Pero visto lo visto en el debate en la Carrera de San Jerónimo igual Gallardón hasta le hizo un favor desviando parte de la atención hacia estos juegos florales. Pero en realidad tampoco debemos dramatizar. Si se fijan, cada vez entretiene a menos gente. Serán cosas de la crisis. Y es que cuando el paro aprieta no dan ganas de enterrar precisamente a la sardina quizá porque uno tiene la sensación de que lleva muchos meses ya viviendo en Cuaresma.