"Haití significa “tierra de montañas” y en cuanto nuestro avión hacía la aproximación al aeropuerto de Puerto Plata, en el Norte, o al de Santo Domingo, en el Sur, es fácil comprender porque el tercio Oeste de la isla de la Española recibió ese nombre. Sin embargo siempre tuvimos que hacer escala en algún aeropuerto de República Dominicana porque
no existían conexiones directas con Puerto Príncipe. Y ese era el primer síntoma del aislamiento impío que asolaba el país más pobre de América…

Haití significa “tierra de montañas”, pero
montañas arrasadas. Atravesando la frontera por Elías Piña en el centro de la isla, o por Jimani, más al sur, donde las
ayudas humanitarias eran vendidas por los pícaros, es fácil percibir, a simple vista, el cambio en la orografía y el paisaje que se produce al pasar de un país a otro. En contraste con la vegetación tropical y frondosa de Dominicana, Haití solo conserva un 3% de su antigua superficie forestal.
Apenas algunos pinares en las cumbres, y los inaccesibles manglares, conservan el esplendor vegetal que disfrutaba Haití antes de que los esclavos africanos se revelasen contra sus dueños europeos, y convirtiesen el desafortunado país en la primera república negra libre en América. Y esos paisajes áridos y tristes, que vamos dejando atrás mientras circulamos por las austeras
carreteras sin asfaltar, rumbo a la capital, son otro síntoma de la despreocupación internacional por los recursos naturales de los haitianos, que no tenían nada que ofrecer al resto del mundo. Acaso un punto geoestratégico en el Caribe, por el que ahora rivalizarán desde el Norte y el Sur de América.

Haití significa “tierra de montañas”, pero montañas de
pobreza. El suburbio de Cite du Soleil, en las afueras de Puerto Príncipe, probablemente sea el lugar mas triste y miserable del mundo. O al menos uno de ellos. Muy lejos de la actividad turística en Cabo Haitiano, en el Norte; o los talleres artesanos de Jacmel, en el Sur, en este gran estercolero sobrevivían, los que lo hacían,
familias enteras acomodadas entre
cordilleras de basura. La retina se lleva de esta “ciudad del sol” la impronta de niños descalzos chapoteando sobre el lodo, de ancianos recostados sobre los montones de inmundicia, de mujeres cubiertas de mugre y vestidas de despojos, amamantando a bebes arropados por los restos, de las sobras, de los despojos de la basura.
Solidaridad entre la desolación
Haití significa “tierra de montañas”, montañas de esperanza. El último recurso de los pobres. Cuando se toca fondo, y se desciende aún, sólo puede mirarse hacia arriba. Y la luz y el calor, que desde las entrañas de Cite du Soleil iluminaban todo
Puerto Príncipe primero, y el resto del país después, surgía de un puñado de
cooperantes,
voluntarios y
religiosas, las Hijas de la Caridad, absolutamente entregadas a los desheredados del mundo. Sor Elena, Sor María Jesús, o Sor Inés, entre otras religiosas españolas que conocimos allí, retaban a todos los dioses del tan temido
panteón vudú y su arsenal de supersticiones, con la fuerza de su fe. Y su contagiosa esperanza es que el amor puede con todas las desgracias. Menos con la furia de la tierra.
Cuando el Apóstol Mateo escribió en su Evangelio: “al que menos tenga, aun lo poco que tenga se le quitará” (13,12) parecía estar pensando en Haití. Ahora, tras el
terremoto. ni siquiera queda la esperanza. Ahora Haití es tierra de montañas, pero montañas de tristeza."