Al pago “tardío” del rescate que pedían unos bucaneros le llama el Gobierno “feliz desenlace del atunero Alakrana”. Sin duda que son distintas maneras de calificar un mismo suceso porque también se le podía recordar que ha sido una chapuza por tierra, mar y aire. El armador confiaba en la acción militar y Defensa confió en que el armador pagara pronto, unos por otros hasta que detuvimos a dos de los piratas y luego lío judicial de por medio que ha estado a punto de echar la operación al garete. Pero estaba claro que los secuestradores no estaban por cumplir sus amenazas sino por recibir el dinero. Más que unos asesinos eran unos sibaritas que de la extorsión han hecho su modus vivendi.
A la vez que hemos aprendido a que en Londres hay unos abogados muy exquisitos que van a porcentaje con delincuentes, hemos sabido que el Gobierno es incapaz de resolver un conflicto sin provocar otro de mayores dimensiones. El lío entre Defensa, Justicia y Vicepresidencia ha demostrado que hay mar de fondo en el ejecutivo y que Zapatero tiene, ahora, una crisis interna mayor de la que se ha desató en aguas de Somalia.
Mientras el atunero navega rumbo a casa, se supone que escoltado por las fragatas españolas que le irán tirando pétalos de rosas por delante, en Madrid nos hemos convertido en puerto de mar de las tragedias de Somalia.
Puede que al pagar el rescate se haya terminado el conflicto humano pero, ahora, queda pendiente el recuento de daños en la nave de Moncloa. Zapatero puede hacer como Ulíses, atarse al mástil, para desoír los cantos de las sirenas pero lo cierto es que cantan y entonan letras tristes en esta mitad de la legislatura.
Al presidente le gusta agotar las paciencias, para que a su vez se agoten los plazos, pero eso no significa que los problemas desparezcan. Los problemas siempre flotan, ya lo dijo Arquímedes.
[email protected]