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Crítica teatral. - Bodas de sangre: ya todos están muertos

Crítica teatral. - Bodas de sangre: ya todos están muertos

viernes 13 de noviembre de 2009, 00:00h
Actualizado: 15/11/2009 14:38h
Un silencio sepulcral reinó durante todo el estreno de “Bodas de sangre” en el teatro María Guerrero. Lorca, pasado por las manos de José Carlos Plaza, vuelve a estremecer con esta tragedia estrenada en 1933 en el desaparecido Infanta Beatriz. Ahora permanecerá en cartel hasta el 3 de enero. Y, desde mi punto de vista, es un espectáculo muy recomendable.
Plaza, seguramente porque el drama podría quedar anticuado, opta por representarlo el clave de tragedia griega. La madre –Consuelo Trujillo- actúa al viejo estilo declamatorio, ampuloso, visceral... A su alrededor los protagonistas del drama, el novio, la novia enamorada de otro, el amante y el pueblo, van preparando el sangriento desenlace. Y en algunos momentos, como el canto de la Luna, aparece el gran auto sacramental del teatro español.

En esa escena onírica y surrealista oímos la canción de La Luna al estilo Weill, fascinantemente interpretada por Ana Belén. Y, como lujo, Paca Ojea aparece dando vida a la mendiga y demostrando que es una de las mejores actrices españolas, aunque no se prodigue. El teatro y nosotros nos lo perdemos.

Falta de referencias
“Bodas de sangre”, que ha tenido una larga vida en clave de danza, se ha representado menos en teatro. En este mismo escenario pudo verse en 1994. Aunque los más veteranos recuerdan con admiración la versión de Tamayo en 1962 con Pepita Serrador y Paquita Rico. Y más tarde José Luis Gómez reabrió el desaparecido Albéniz con esta obra. El público no tiene tantas referencias para comparar como pasa con “La casa de Bernarda Alba”.

Estoy convencido de que para una buena parte del público este texto será una auténtica primicia. No es el mejor drama lorquiano, pero no deben desdeñarse sus valores. Lorca demostró su enorme capacidad para reproducir ambientes. La escena de la petición de mano, con una extraordinaria economía de recursos verbales, es un compendio de sociología popular. Y el gran final, la tremenda escena de las mujeres, sobrecoge por la pasión soterrada, reprimida, de la condición femenina. Como se lamenta la madre: “ya todos están muertos”. Mientras, la novia raptada da rienda suelta a su pasión. Termina con la bellísima metáfora del cuchillito que deja a la audiencia muda.

Luz y folclore
Este montaje tiene momentos brillantes y una cierta pesadez provocada por los numerosos oscuros, lentos y ralentizadores. Ya he dicho que los actores –un dynamico y eficaz elenco- trabajan en clave de tragedia. Y lo hacen en un escenario limpio, con un hermoso telón de fondo y unos móviles que van oprimiéndoles desde los laterales, encerrando a los actores del drama. Paco Leal ha diseñado una iluminación hermosísima, con decenas de matices. Transita entre el brillo deslumbrante de la boda al amanecer hasta la penumbra de la huida, con la Luna apareciendo entre nubarrones.

Es un trabajo excepcional. La representación se complementa con muchos minutos de folclore. Las nanas, las coplas, se cantan y se bailan. Sin embargo estas ilustraciones son excesivamente largas y perjudican la atmósfera de violencia soterrada. Resulta, por el contrario, muy agradable la música del acento andaluz de los actores, encajando perfectamente con el espíritu lorquiano. Y, por encima de todo, el hermoso castellano de García Lorca.
Una excelente y oportuna propuesta del Centro Dramático Nacional.
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