Todo lo que rodea a la T4 es un misterio. Haría bien José Blanco en invitar a uno de esos obispos amigos de Bono para que se diera una vuelta con el hisopo. En ese lugar se va la luz pero nadie sabe; desaparece un avión pero nadie se da cuenta; se cumple un año de la tragedia del vuelo de Spanair y tenemos las mismas preguntas sin resolver. Y, mientras, unos por otros y el asunto sin resolver. AENA pasa la pelota a la compañía, ésta a sus mecánicos, ellos a su vez a los directivos que premian la urgencia sobre la seguridad y la solvencia. El resumen es que del accidente han retirado la chatarra pero no han repuesto la dignidad a las víctimas que se quejan de abandono y falta de cobertura.
Parece imposible pero en la terminal más moderna de Europa un avión puede salirse de la pista sin que nadie le eche en cuenta porque hay puntos oscuros de visibilidad. Tuvieron que ser unas cámaras de seguridad las que dieran la voz de alerta, y luego está la dificultad de los bomberos para llegar hasta la zona cero. Añadan a eso que era agosto y que las urgencias no respondieron con la celeridad que era oportuna.
Mientras más tiempo pasa más razones tenemos para creer que la T4 es una pirámide en la que suceden cosas que no tienen explicación. Que se apaguen las luces de madrugada es un misterio menor, lo más grave es que se pierdan vidas por una falta de previsión. Cada vez que repiten las imágenes del accidente se entiende peor que un avión se convirtiera en bólido desbocado… y que todavía no haya habido una conclusión meridiana de lo que ocurrió en ese vuelo… ¡un año después!
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