Esta semana el centro para personas sin hogar de la calle de Calatrava ha acogido a un visitante ilustre: Miguel Torres Beteta, un singular peregrino jiennense que está a punto de concluir su particular vuelta a Europa por quinta vez. Solo le ha costado... veintidós años.
No resulta fácil encontrar a celebridades en los albergues para indigentes, pero esta semana se alinearon los planetas y Miguel Torres Beteta, de profesión obrero y de ocupación peregrino, recaló en el centro de día de la calle de Calatrava. Hace cuatro años, la última vez que pisó Madrid, estuvo en el albergue de San Isidro, pero "al menos, aquí, no tengo que pasar todo el día en la calle: el otro es solo para dormir". Y eso es importante para él, teniendo en cuenta que lleva veintidós años recorriendo a pie el sur de Europa y todavía tiene por delante 478 kilómetros más, hasta Santiago de Compostela. Allí, por fin, habrá concluido su viaje.
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Para él, la cosa no tiene tanto mérito: cuando salió de Mancha Real, provincia de Jaén, el 17 de agosto de 1986, se trataba, simplemente, de cumplir una promesa. Quizá por eso le molesta tanto que le apoden 'el Forrest Gump español', porque la razón de su caminata de veintidós años es una promesa que hizo a Dios cuando estuvo a punto de sucumbir a una descarga de 12.000 voltios y una caída de ocho pisos. Al despertar del coma, a sus 37 años, se le antojó tan improbable volver a andar que juró que aprovecharía a conciencia ese don dando la vuelta al Viejo Continente, y no una, sino cinco veces, pasando por Portugal, Italia, Francia y España. Y aquí está, en Madrid, "380 pares de bambas deportivas" después y a no sabe cuántos días de alcanzar su objetivo.
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Ahora le esperan los albergues para peregrinos, "los más baratos que encuentro", porque la economía no da para más. Aunque en muchas ocasiones se haya visto obligado a dormir en cajeros, y a pesar de llevar tanto tiempo fuera de casa, Miguel no es una persona sin hogar: su familia le espera con los brazos abiertos en Mancha Real. Él siempre se ha sentido arropado: "Tras el accidente los míos me vieron tan mal, que cuando les dije que iba a cumplir mi promesa, dijeron: 'Adelante'". Y eso que han sufrido lo suyo esperando las llamadas que, de tarde en tarde, y a saber desde dónde, les confirmaban que Miguel seguía bien.
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No le ha faltado ayuda por el camino. Desde los ciudadanos de a pie que le han dado para comer hasta el paciente cónsul que por enésima vez tenía que ayudarle con la documentación perdida —"¿Otra vez por aquí, Miguel?"—, la gente "se ha volcado" con él. Por no hablar de los 25 toxicómanos de Orcasitas que le acompañaron en una ocasión. "Mejoraron mucho, andar es muy sano", dice. Pero también lo ha pasado mal. "Lo peor fue sobrevivir en el desierto de Tabernas a base de culebras, saltamontes y lagartos. ¿Tú sabes lo difícil que es coger un lagarto?", exclama.
Así que lo que falta no le parece tan arduo. Tan solo necesita hacerse con una credencial de peregrino antes de largarse de Madrid, y tiene prisa, porque ya lleva aquí nueve días. Toda una eternidad, teniendo en cuenta que en los últimos 22 años, asegura, su récord de permanencia en una 'etapa' es de once.
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Le resulta extraño pensar que está a punto de volver a su tierra y llevar una vida sedentaria, pero se siente feliz por haber, casi, alcanzado su objetivo. Sus llagas, úlceras, lesiones y lágrimas le ha costado, pero la aventura también ha tenido sus ventajas. Las autoridades de los lugares por los que pasa acostumbran a recibirle; hasta Juan Pablo II lo hizo en su momento. Y el ex alcalde José María Álvarez del Manzano no iba a ser menos: Miguel todavía recuerda la pequeña recepción que le organizaron en la Casa de la Villa. Pero, esta vez, Miguel ha tenido que irse sin conocer a Alberto Ruiz-Gallardón. "He intentado verle, pero no hacen más que poner excusas", asegura. Es entonces cuando se entera de que el Ayuntamiento se ha mudado a Cibeles. Y se encoge de hombros. "Qué le vamos a hacer. A lo mejor, en Santiago, tengo más suerte".