Yasmina Reza vuelve a la cartelera madrileña con su última obra, “Un dios salvaje”, que ha traducido Jordi Galcerán y que se representa en el teatro Alcázar. A ese mismo escenario llegará en febrero el tercer montaje castellano de “Art”, actualmente de gira. Resulta estimulante ver un local como el Alcázar lleno hasta el tercer piso con un público dispuesto, desde que se levanta el telón, a pasarlo bien, aunque sea viendo una historia cruel.
Tras la Guerra Civil se montó una compañía encabezada por Antonio Vico, Manuel González, Carmen Carbonell y Concha Catalá, que fueron bautizados como “Los cuatro ases”. El prestigio de los cuatro llenó teatros en una época difícil. Viendo “Un dios salvaje” me acordé de ellos porque sus protagonistas son otros cuatro ases aunque, me temo, su reunión no tendrá continuidad.
Es difícil entender un éxito como el de este montaje sin las interpretaciones de Maribel Verdú, Aitana Sánchez-Gijón, Antonio Molero y Pere Ponce. Cada uno de ellos es una cabecera de cartel. Juntos, un cheque al portador. Sus trabajos son extraordinarios aunque, sin poner reparo a ninguno, yo destacado a Maribel por su magisterio en administrar los silencios, por su gestualidad y por su capacidad de transformación.
¿Pelea de niños?

La anécdota en el nuevo texto de Reza es una pelea entre niños en la que uno pierde dos dientes. Los padres de ambos se reúnen para hablar del conflicto. Cuando se levanta el telón los vemos charlado reposadamente, civilizadamente, hipócritamente. No hay que ser un lince para adivinar que esa pose se desvanecerá pronto. Y así sucede. El conflicto entre los menores pasa a un último plano cuando los cuatro personajes comienzan a despedazarse.
Es una pelea de todos contra todos: los dos matrimonios entre sí, cada pareja con su cónyuge y los hombres contra las mujeres. Afloran reproches, rencores y hasta la violencia física lo que, sorprendentemente, el público celebra con carcajadas. Tal vez al principio provoque risa, pero lo que pasa en esa especie de jaula de zoo, es descorazonador. Además el final tampoco contribuye a pensar que tenga solución.
Encaje de bolillos
Como reseñara hace unos días al hablar de “En la cama”, la directora Tamzin Townsend hace encaje de bolillos con un texto que apenas tiene acción para mover a los personajes, logrando una atmósfera cada vez más asfixiante. Marca pequeños movimientos, acciones mudas, miradas cómplices y silencios embarazosos. Sólo cuando estalla la violencia permite el desmadre de los actores, que parecen satisfechos de poder liberar la tensión que se puede cortar desde el patio de butacas. Es, en resumen, como esas reuniones familiares en Navidad que comienzan con abrazos y besos y terminan tirándose el besugo al rostro. Si va a verla, lo que recomendamos, con su pareja, pregúntese al final si puede sucederles algo así. Tal vez se lleve una sorpresa.